La vida de Domitila Chungara — Si me permiten hablar

◘ Yo me siento orgullosa de llevar sangre india en mi corazón. Y también me siento orgullosa de ser esposa de un trabajador minero. ¡Cómo no quisiera yo que toda la gente del pueblo se sienta orgullosa de lo que es y de lo que tiene, de su cultura, su lengua, su música, su forma de ser y no acepte de andar extranjerizándose tanto y solamente tratando de imitar a otra gente que, finalmente, poco de bueno ha dado a nuestra sociedad!

◘ (…) nuestra posición no es una posición como la de las feministas. Nosotras consideramos que nuestra liberación consiste primeramente en llegar a que nuestro país sea liberado para siempre del yugo del imperialismo y que un obrero como nosotros esté en el poder y que las leyes, la educación, todo sea controlado por él. (…)
Lo importante, para nosotras, es la participación del compañero y de la compañera en conjunto. Sólo así podemos lograr un tiempo mejor, gente mejor y más felicidad para todos.

◘ La Revolución del 52 fue un gran acontecimiento en la historia de Bolivia. Fue realmente una conquista popular. Pero, ¿qué pasó? Que el pueblo, la clase obrera, los campesinos, no estábamos preparados para tomar el poder. Y entonces, como nosotros no sabíamos de leyes, no sabíamos nada de cómo se gobierna un país, tuvimos que entregar el poder a la gente de la pequeña burguesía que decía ser amiga nuestra y estar en acuerdo con nuestras ideas. Tuvimos que entregar a un doctor, que era Víctor Paz Estenssoro, y a otros tipos, el gobierno de nuestro país. Pero ellos inmediatamente formaron una nueva burguesía, hicieron enriquecer a nueva gente. Y aquella gente empezó a deshacer la revolución. Y nosotros, los obreros y campesinos, vivimos en condiciones peores que antes.

◘ (…) la patria, nos hacen verla como una cosa bien hermosa que está en el himno nacional, en los colores de la bandera, y todas esas cosas que dejan de tener sentido cuando la patria no está bien. La patria, para mí, está en todos los rincones, está también en los mineros, en los campesinos, en la pobreza, en la desnudez, en la desnutrición, en las penas y las alegrías de nuestro pueblo. Esta es la patria, ¿no? Pero en la escuela nos enseñan a cantar el himno nacional, a hacer desfiles y dicen que si nosotros nos rehusamos a desfilar no somos patriotas, y sin embargo nunca nos demuestran en la escuela el porqué de nuestra pobreza, el porqué de nuestra miseria, el porqué de la situación de nuestros padres, que tanto se sacrifican y no son bien pagados, el porqué de algunos pocos niños que tienen todo y otros muchos que no tienen nada. Nunca a mí me han explicado eso en la escuela.

◘ (…) en aquel entonces los cristianos, y en particular los sacerdotes y monjas, estaban muy en contra de nosotros. Ellos tenían una misión que les había dado el papa Pío XII de combatir el comunismo, y por eso nos hacían muchos problemas y no nos comprendían y muchas veces defendían a nuestros opresores.

◘ (…) para mí es un gran problema toda esa división de los partidos que hay en Bolivia. ¡Es un despelote! ¡Tantos partidos hay!
Bueno, nosotros ya hemos tipificado a la gente, ¿no? Hay la izquierda y la derecha. Los de la derecha son gente rica, influyente, la gente que explota y que masacra a los pobres. En la izquierda estamos los otros que queremos que el pueblo se liberte del sistema capitalista en que vivimos. Pero de los dos lados está la gente bastante dividida.

◘ (…) Estábamos bien entusiastas. Ya habíamos perdido un día de la Tribuna y queríamos recuperar, poniéndonos a la par de los acontecimientos: a ver qué piensan tantas mujeres, qué dicen del Año Internacional de la Mujer, cuáles son los problemas que más las ocupan.
Era mi primera experiencia y yo me imaginaba escuchar un cierto número de cosas que me harían progresar en la vida, en la lucha, en mi trabajo ¿no?
Bueno, en ese momento se acercó al micrófono una gringa con su cabellera bien rubia y con unas cosas por aquí por el cuello, las manos al bolsillo, y dijo a la asamblea:
—Simplemente he pedido el micrófono para decirles mi experiencia. Que a nosotras, los hombres nos deben dar mil y una medallas porque nosotras, las prostitutas, tenemos el coraje de acostarnos con tantos hombres.
—¡Bravo!… —gritaron muchas. Y palmas.
Bueno, con mi compañera nos salimos de allí, porque allí estaban reunidas cientos de prostitutas para tratar de sus problemas. Y nos fuimos a un otro local. Allí estaban las lesbianas. Y allí también, su discusión era “que ellas se sienten felices y orgullosas de amar a otra mujer… que deben pelear por sus derechos”… Así.
No eran ésos mis intereses. Y para mí era una cosa incomprensible que se gastara tanta plata para discutir en la Tribuna esas cosas. Porque yo había dejado a mi compañero con siete hijos y teniendo él que trabajar cada día en la mina. Había salido de mi país para hacer conocer lo que es mi patria, lo que sufre, que en Bolivia no se cumple con la carta magna de las Naciones Unidas. Yo quería hacer conocer todo esto y escuchar lo que me decían de los otros países explotados y los otros grupos que ya se han liberado. ¿Y toparme con esta otra suerte de problemas?… Me sentía un tanto perdida.
En otros salones, algunas se paraban y decían: el verdugo es el hombre… el hombre es el que crea guerras, el hombre es el que crea armas nucleares, el hombre es el que pega a la mujer… y entonces ¿cuál es la primera pelea a llevar adelante para conseguir la igualdad de derechos para la mujer? Primero hay que hacerle la guerra al varón. Si el varón tiene diez mujeres amantes, la mujer pues, que tenga diez hombres amantes también. Si el varón se gasta toda su plata en la cantina farreándose, la mujer igual tiene que hacer. Y cuando hayamos alcanzado este nivel, entonces que se agarren del brazo hombre y mujer y se pongan a luchar por la liberación de su país, por mejorar las condiciones de vida de su país. Esa era la mentalidad y la preocupación de varios grupos y para mí eso fue un choque bien fuerte. Hablábamos lenguajes muy distintos, ¿no? Y esto volvía difícil el trabajo en la Tribuna. Además, había mucho control de los micrófonos.

◘ Entonces yo me decía: “Aquí hay licenciadas, abogadas, maestras, periodistas que van a hablar. Y yo… ¿cómo me voy a meter?” Y me sentía un poco acomplejada, acobardada. E incluso no me animaba a hablar. Cuando por primera vez me presenté al micrófono frente a tantos títulos, como cenicienta me presenté y dije: “Bueno, yo soy la esposa de un trabajador minero de Bolivia”.
Con un temor, todavía, ¿no?
Y me animé a plantear los problemas que estaban siendo discutidos en ahí. Porque esa era mi obligación. Y los he planteado para que todo el mundo nos escuche a través de la Tribuna.
Esto me llevó a tener una discusión con la Betty Friedman, que es la gran líder feminista de Estados Unidos. Ella y su grupo habían propuesto algunos puntos de enmienda al “plan mundial de acción”. Pero eran planteamientos sobre todo feministas y nosotras no concordamos con ellos porque no abordaban algunos problemas que son fundamentales para nosotras, las latinoamericanas.
La Friedman nos invitó a seguirla. Pidió que nosotras dejáramos nuestra “actividad belicista”, que estábamos siendo “manejadas por los hombres”, que “solamente en política” pensábamos e incluso ignorábamos por completo los asuntos femeninos, “como hace la delegación boliviana, por ejemplo” —dijo ella.

◘ (…) una señora, que era la presidente de una delegación mexicana, se acercó a mí. Ella quería aplicarme a su manera el lema de la Tribuna del Año Internacional de la Mujer que era “Igualdad, desarrollo y paz”. Y me decía:
—Hablaremos de nosotras, señora… Nosotras somos mujeres. Mire, señora, olvídese usted del sufrimiento de su pueblo. Por un momento, olvídese de las masacres. Ya hemos hablado bastante de esto. Ya la hemos escuchado bastante. Hablaremos de nosotras… de usted y de mí… de la mujer, pues.
Entonces le dije:
—Muy bien, hablaremos de las dos. Pero, si me permite, voy a empezar. Señora, hace una semana que yo la conozco a usted. Cada mañana usted llega con un traje diferente; y sin embargo, yo no. Cada día llega usted pintada y peinada como quien tiene tiempo de pasar en una peluquería bien elegante y puede gastar buena plata en eso; y, sin embargo, yo no. Yo veo que usted tiene cada tarde un chofer en un carro esperándola a la puerta de este local para recogerla a su casa; y, sin embargo, yo no. Y para presentarse aquí como se presenta, estoy segura de que usted vive en una vivienda bien elegante, en un barrio también elegante, ¿no? Y, sin embargo, nosotras las mujeres de los mineros, tenemos solamente una pequeña vivienda prestada y cuando se muere nuestro esposo o se enferma o lo retiran de la empresa, tenemos noventa días para abandonar la vivienda y estamos en la calle.
Ahora, señora, dígame: ¿tiene usted algo semejante a mi situación? ¿Tengo yo algo semejante a su situación de usted? Entonces, ¿de qué igualdad vamos a hablar entre nosotras? ¿Si usted y yo no nos parecemos, si usted y yo somos tan diferentes? Nosotras no podemos, en este momento, ser iguales, aun como mujeres, ¿no le parece?’
Pero en aquel momento, bajó otra mexicana y me dijo:
—Oiga usted: ¿qué quiere usted? Ella aquí es la líder de una delegación de México y tiene la preferencia. Además, nosotras aquí hemos sido muy benevolentes con usted, la hemos escuchado por la radio, por la televisión, por la prensa, en la Tribuna. Yo me he cansado de aplaudirle.
A mí me dio mucha rabia que me dijera esto, porque me pareció que los problemas que yo planteaba servían entonces simplemente para volverme un personaje de teatro al cual se debía aplaudir… Sentí como si me estuvieran tratando de payaso.
—Oiga, señora —le dije yo— ¿y quién le ha pedido sus aplausos a usted? Si con eso se resolvieran los problemas, manos no tuviera yo para aplaudir y no hubiera venido desde Bolivia a México, dejando a mis hijos, para hablar aquí de nuestros problemas. Guárdese sus aplausos para usted, porque yo he recibido los más hermosos de mi vida y ésos han sido los de las manos callosas de los mineros.

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Esta entrada fue originalmente publicada en el blog NSG el 17/01/16 a las 13:37 y alcanzó 37 visitas.

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