Mi Lucha

VOLUMEN I: RETROSPECCIÓN

◘ La enseñanza de la Historia Universal en las llamadas escuelas secundarias deja aún mucho que desear. Pocos profesores comprenden que la finalidad del estudio de la Historia no debe consistir en aprender de memoria las fechas y los acontecimientos, o a obligar al alumno a saber cuándo ésta o aquella batalla se realizó, cuándo nació un general o un monarca (casi siempre sin importancia real), o cuándo un rey puso sobre su cabeza la corona de sus antecesores. No, esto no es lo que se debe tratar.
Aprender Historia quiere decir buscar y encontrar las fuerzas que conducen a las causas de las acciones que escrutamos como acontecimientos históricos.

◘ Quien nada entiende de política pierde el derecho a cualquier crítica y a cualquier
reivindicación.

◘ Hoy estoy firmemente convencido de que en general todas las ideas constructivas, si es que realmente existen, se manifiestan, en principio, ya en la juventud. Yo establezco diferencia entre la sabiduría de la vejez y la genialidad de la juventud; la primera sólo puede apreciarse por su carácter más bien minucioso y previsor, como resultado de las experiencias de una larga vida, en tanto que la segunda se caracteriza por una inagotable fecundidad en pensamientos e ideas que, por su amplitud, no son susceptibles de elaboración inmediata. Esas ideas y esos pensamientos permiten la concepción de futuros proyectos y dan los materiales de construcción, entre los cuales la sesuda vejez toma los elementos y los forja para llevar a cabo la obra, siempre que la llamada sabiduría de la vejez no haya ahogado la genialidad de la juventud.

◘ No sé qué sea más funesto: si la actitud de no querer ver la miseria, como lo hace la mayoría de los favorecidos por la suerte, o encumbrados por su propio esfuerzo, o la de aquellos no menos arrogantes y a menudo faltos de tacto, pero dispuestos siempre a dignarse aparentar, como ciertas señoras “a la moda”, que comprenden la miseria del pueblo. (…)

◘ Ya en aquellos tiempos llegué a la conclusión de que sólo un doble procedimiento podía conducir a modificar la situación existente: Establecer mejores condiciones para nuestro desarrollo, a base de un profundo sentimiento de responsabilidad social, aparejado con la férrea decisión de anular a los depravados incorregibles.

◘ La razón de la manera dudosa de proceder hoy frente a “los delitos de los enemigos del Estado” yace justamente en la incertidumbre del juicio sobre los motivos íntimos, o las causas principales de los fenómenos contemporáneos.
Esa incertidumbre está fundada en la convicción de culpabilidad de cada cual en las tragedias del pasado, e inutiliza toda seria y firme resolución. Causa al mismo tiempo la debilidad y la indecisión de la ejecución incluso de las más necesarias medidas de conversación.

◘ En un sótano, compuesto por dos habitaciones oscuras, vive una familia proletaria de siete miembros. Entre los cinco hijos, supongamos que hay uno de tres años. Es ésta la edad en que la conciencia del niño recibe las primeras impresiones. Entre los más dotados se encuentran, incluso en la edad adulta, huellas del recuerdo de esa edad. El espacio demasiado estrecho para tanta gente no ofrece condiciones favorables para la convivencia. Sólo por este motivo surgirán frecuentes riñas y disputas. Las personas no viven unas con otras, sino que se comprimen contra otras. Todas las divergencias, sobre todo las pequeñas, que en las habitaciones espaciosas pueden ser resueltas en voz baja, conducen en estas condiciones a repugnantes e interminables peleas. Para los niños eso es aún soportable, pues en tales circunstancias, si pelean entre ellos, olvidan todo deprisa y completamente. Si, no obstante, la riña se trasplanta a los padres, de forma cotidiana, en un recinto pequeño y groseramente, el resultado se hará sentir entre los hijos. Quien desconoce tales ambientes difícilmente puede hacerse una idea del efecto de esa lección objetiva, cuando esa discordia recíproca adopta la forma de groseros abusos del padre para con la madre y hasta de malos tratos en los momentos de embriaguez. A los seis años, ya el joven conoce cosas deplorables, ante las cuales incluso un adulto sólo puede sentir horror. Envenenado moralmente, mal alimentado, con la pobre cabeza llena de piojos, ese joven “ciudadano” entra en la escuela.
Apenas aprenderá a leer y escribir. Eso es casi todo. En cuanto a estudiar en casa, ni hablar de ello. En presencia de los hijos, madre y padre hablan de la escuela de tal manera que no se puede ni siquiera repetir y están siempre más preparados a soltar groserías que a poner a los hijos en las rodillas y darles consejos. Lo que las criaturas oyen en casa no conduce a fortalecer el respeto hacia las personas con las que van a convivir. Allí nada de bueno parece existir en la Humanidad; todas las instituciones son combatidas, desde el profesor hasta las magistraturas más elevadas del Estado. Ya se trate de religión o de moral en sí, del Gobierno o de la sociedad, todo es igualmente ultrajado de la manera más torpe y arrastrado al fango de los más bajos sentimientos. Cuando el muchacho, apenas con catorce años, sale de la escuela, es difícil saber lo que es más fuerte en él: la increíble estupidez de lo que dice respecto a los conocimientos reales, o la imprudencia de sus actitudes, unida a una inmoralidad que, en aquella edad, hace poner los pelos de punta.
Ese hombre, para quien ya casi nada es digno de respeto, que nada grande aprendió a conocer, que, por el contrario, sólo sabe de todas las vilezas humanas, tal criatura, repetimos, ¿qué posición podrá ocupar en la vida, en la que él está marginado?
De niño, con trece años, pasó a los quince años a ser un opositor a cualquier autoridad.
Suciedad y más suciedad es todo lo que aprendió. Ése no es el camino de estímulo para las aspiraciones más elevadas.
Ahora entra, por vez primera, en la gran escuela de la vida.
Entonces comienza la misma existencia que durante los años de la niñez conoció de sus padres. Va de acá para allá, vuelve a casa Dios sabe cuándo, para variar golpea incluso a la sufrida criatura que fue antaño su madre, blasfema contra Dios y el mundo y, en fin, por cualquier motivo concreto, es condenado y conducido a una correccional de menores. Allí recibirá los últimos retoques.
Y el mundo burgués se admira, sin embargo, de la falta de “entusiasmo nacional” de este joven “ciudadano”.

◘ El problema de la “nacionalización” de un pueblo consiste, en primer término, en crear sanas condiciones sociales como base de la educación individual; porque sólo aquel que haya aprendido en el hogar y en la escuela a apreciar la grandeza cultural y, ante todo, la grandeza política de su propia Patria, podrá sentir y sentirá el íntimo orgullo de ser súbdito de esa Nación. Sólo se puede luchar por aquello que se ama. Y se ama sólo lo que se respeta, pudiéndose respetar únicamente aquello que se conoce.

◘ Conozco individuos que leen muchísimo, libro tras libro y letra por letra, y sin embargo no pueden ser tildados de “lectores”. Poseen una multitud de “conocimientos”, pero su cerebro no consigue ejecutar una distribución y un registro del material adquirido. Les falta el arte de separar, en el libro, lo que es de valor y lo que es inútil, conservar para siempre en la memoria lo que en verdad interesa, pudiendo saltarse y desechar lo que no les comporta ventaja alguna, para no retener lo inútil y sin objeto. La lectura no debe entenderse como un fin en sí misma, sino como medio para alcanzar un objetivo. En primer lugar, la lectura debe auxiliar la formación del espíritu, despertar las inclinaciones intelectuales y las vocaciones de cada cual. Enseguida, debe proveer el instrumento, el material de que cada uno tiene necesidad en su profesión, tanto para simple seguridad del pan como para la satisfacción de los más elevados designios. En segundo lugar, debe proporcionar una idea de conjunto del mundo. En ambos casos, es necesario que el contenido de cualquier lectura no sea aprendido de memoria de un conjunto de libros, sino que sea como pequeños mosaicos en un cuadro más amplio, cada uno en su lugar, en la posición que les corresponde, ayudando de esta forma a esquematizarlo en el cerebro del lector. De otra forma, resulta un bric-á-brac de materias memorizadas, enteramente inútiles, que transforman a su poseedor en un presuntuoso, seriamente convencido de ser un hombre instruido, de entender algo de la vida, de poseer cultura, cuando la verdad es que con cada aumento de esa clase de conocimientos, más se aparta del mundo, hasta que termina en un sanatorio o como político en un parlamento.
Nunca un cerebro con esta formación conseguirá retirar lo que es apropiado para las exigencias de determinado momento, pues su lastre espiritual está encadenado no al orden natural de la vida, sino al orden de sucesión de los libros, cómo los leyó y por la manera que amontonó los asuntos en su mente. Cuando las exigencias de la vida diaria le reclaman el uso práctico de lo que en otro tiempo aprendió, entonces mencionará los libros y el número de las páginas y, pobre infeliz, nunca encontrará exactamente lo que busca.
En las horas críticas, esos “sabios”, cuando se ven en la dolorosa contingencia de encontrar casos análogos para aplicar a las circunstancias de la vida, sólo descubren remedios falsos.
Quien posee, por esto, el arte de la buena lectura, al leer cualquier libro, revista o folleto, concentrará su atención en todo lo que, a su modo de ver, merecerá ser conservado durante mucho tiempo, bien porque sea útil, bien porque sea de valor para la cultura general.
Lo que se aprende por este medio encuentra su racional ligazón en el cuadro siempre existente de la representación de las cosas, y, corrigiendo o reparando, aplicará con justeza la claridad del juicio. Si cualquier problema de la vida se presenta a examen, la memoria, por este arte de leer, podrá recurrir al modelo de percepción ya existente.
Así, todas las contribuciones reunidas durante decenas de años y que dicen algo sobre ese problema son sometidas a una prueba racional en nuestra mente, hasta que la cuestión sea aclarada o contestada.
Sólo así la lectura tiene sentido y finalidad.
Un lector, por ejemplo, que por ese medio no provea a su razón los materiales necesarios, nunca estará en situación de defender sus puntos de vista en una controversia, aunque correspondan los mismos mil veces a la verdad. En cada discusión la memoria le abandonará desdeñosamente. No encontrará razonamientos ni para la firmeza de sus aseveraciones, ni para la refutación de las ideas del adversario. En cuanto esto sucede, como en el caso de un orador, el ridículo de la propia persona todavía se puede tolerar; de pésimas consecuencias es, sin embargo, que esos individuos que saben “todo” y no son capaces de nada, sean colocados al frente de un Estado.

◘ De la misma forma que las mujeres, cuya emotividad obedece menos a razones de orden abstracto que al ansia instintiva e indefinible hacia una fuerza que las reintegre, y de ahí que prefieran someterse al fuerte antes que seguir al débil, igualmente la masa se inclina más fácilmente hacia el que domina que hacia el que implora, y se siente interiormente más satisfecha con una doctrina intransigente que no admita dudas, que con el goce de una libertad que generalmente de poco le sirve. La masa no sabe qué hacer con la libertad, sintiéndose abandonada.

◘ Los “sindicatos independientes”, como una nube borrascosa, ennegrecían el horizonte político, amenazando también la propia existencia de los individuos. Esas organizaciones se convirtieron en el instrumento más temible de terror contra la seguridad y la independencia de la economía nacional, la solidez del Estado y la libertad de los individuos.
Fueron ellos, sobre todo, los que transformaron la noción de democracia en una frase asquerosa y ridícula, que profanaba la libertad y escarnecía de forma imperecedera la fraternidad, con esta proposición: “Si no quieres ser de los nuestros, te cortaremos la cabeza”.

◘ (…) Parecía que el examen cada vez más profundo de la actuación desmoralizadora de las teorías marxistas en sus aplicaciones prácticas, servía sólo para volver cada vez más firmes las decisiones de los judíos.
Cuanto más discutía con ellos, mejor aprendía su dialéctica. Partían éstos de la creencia en la estupidez de sus adversarios, y cuando eso no daba resultados, se hacían pasar ellos mismos por estúpidos. Si fallaban ambos recursos, rehusaban entender lo que se les decía y, de repente, cambiaban de tema, saliendo con argumentos que, una vez aceptados, trataban de aplicar a casos completamente diferentes. Entonces, cuando de nuevo eran alcanzados en el propio terreno, que les era familiar, fingían debilidad y alegaban no tener suficientes conocimientos sobre el particular.

◘ La doctrina judía del marxismo rechaza el principio aristocrático de la Naturaleza y coloca, en lugar del privilegio eterno de la fuerza y del vigor del individuo, a la masa numérica y su peso muerto; niega así en el hombre el mérito individual, e impugna la importancia del Nacionalismo y de la Raza, ocultándole con esto a la Humanidad la base de su existencia y de su cultura. Esa doctrina, como fundamento del Universo, conduciría fatalmente al fin de todo orden natural concebible. Y así como la aplicación de una ley semejante en la mecánica del organismo más grande que conocemos (la Tierra) provocaría sólo el caos, también significaría la desaparición de sus habitantes.

◘ Tengo la evidencia de que en general el hombre, excepción hecha de casos singulares de talento, no debe actuar en política antes de los 30 años, porque hasta esa edad se está formando en su mentalidad una plataforma desde la cual podrá después analizar los diversos problemas políticos y definir su posición frente a ellos. Sólo entonces, después de haber adquirido una concepción ideológica fundamental y con esto logrado afianzar su propio modo de pensar acerca de los diferentes problemas de la vida diaria, debe o puede el hombre, conformado por lo menos así espiritualmente, participar en la dirección política de la colectividad en que vive.
De otro modo corre el peligro de tener que cambiar un día de opinión en cuestiones fundamentales o de quedar – en contra de su propia convicción – estratificado en un criterio ya relegado por la razón y el entendimiento. El primer caso resulta muy penoso para él, personalmente, pues si él mismo vacila, no puede ya esperar le pertenezca en igual medida que antes la fe de sus adeptos, para quienes la claudicación del caudillo significa desconcierto y no pocas veces les provoca el sentimiento de una cierta vergüenza frente a sus adversarios políticos. En el segundo caso ocurre aquello que hoy se observa con mucha frecuencia: en la misma escala en que el Jefe perdió la convicción sobre lo que sostenía, su dialéctica se hace hueca y superficial, en tanto que se deprava en la elección de sus métodos. Mientras él personalmente no piensa ya arriesgarse en serio en defensa de sus revelaciones políticas (no se inmola la vida por una causa que uno mismo no profesa), las exigencias que les impone a sus correligionarios se hacen, sin embargo, cada vez mayores y más desvergonzadas, hasta el punto de acabar por sacrificar el último resto del carácter que inviste el Jefe y descender así a la condición del “político”, es decir, a aquella categoría de hombres cuya única convicción es su falta de convicción, aparejada a una arrogante insolencia y a un arte refinadísimo en el mentir.

◘ Un Jefe que se vea obligado a abandonar la plataforma de su ideología general por haberse dado cuenta que ésta era falsa, obrará honradamente sólo cuando, reconociendo lo erróneo de su criterio, se halle dispuesto a asumir todas las consecuencias. En tal caso deberá por lo menos renunciar a toda actuación política ulterior, pues, habiendo errado ya una vez en puntos de vista fundamentales, está expuesto por una segunda vez al mismo peligro. De todos modos ha perdido ya el derecho de recurrir, y menos aún de exigir la confianza de sus conciudadanos.

◘ ¿No es cierto que la idea de responsabilidad presupone la idea de la personalidad?
¿Puede prácticamente hacerse responsable al dirigente de un gobierno por hechos cuya gestión y ejecución obedecen exclusivamente a la voluntad y al arbitrio de una pluralidad de individuos?
¿O es que la misión del gobernante – en lugar de radicar en la concepción de ideas constructivas y planes- consiste más bien en la habilidad con que éste se empeñe en hacer comprensible a un hato de borregos lo genial de sus proyectos, para después tener que mendigar de ellos mismos una bondadosa aprobación? ¿Cabe en el criterio del hombre de Estado poseer en el mismo grado el arte de la persuasión, por un lado, y por otro la perspicacia política necesaria para adoptar directivas o tomar grandes decisiones?

◘ Pero, ¿es que aún cabe admitir que el progreso del mundo se debe a la mentalidad de las mayorías y no al cerebro de unos cuantos?
¿O es que se cree que tal vez en el futuro se podría prescindir de esta condición previa, inherente a la cultura humana?
¿No parece, por el contrario, que ella es hoy más necesaria que nunca? Negando la autoridad del individuo y substituyéndola por la suma de la masa, presente en cualquier tiempo, el principio parlamentario del consentimiento de la mayoría peca contra el principio básico de la aristocracia de la Naturaleza; y bajo este punto de vista, el concepto negativo que el parlamentarismo tiene sobre la nobleza nada tiene que ver tampoco con la decadencia actual de nuestra alta sociedad.

◘ Cuanto más tacaño fuera, hoy en día, en espíritu y saber, un tal mercader de cueros, cuanto más clara su propia intuición le hiciera ver su triste figura, tanto más alabará un sistema que no le exige la fuerza y el genio de un gigante, sino que se contenta con la astucia de un alcaide y llega incluso a ver con mejores ojos esa especie de sabiduría que la de Péneles. Además de eso, un paleto así no precisa atormentarse con la responsabilidad de su acción. Él está fundamentalmente exento de esa preocupación, porque, cualquiera que fuere el resultado de sus locuras como estadista, sabe muy bien que, desde hace mucho tiempo, su fin está escrito: un día tendrá que ceder el lugar a otro espíritu tan pequeño como el suyo propio. Una de las características de tal decadencia es el hecho de aumentar la cantidad de “grandes estadistas” en la proporción en la que se contrae la escala del valor individual. El valor personal tendrá que volverse menor a medida que crece su dependencia de las mayorías parlamentarias, pues tanto los grandes espíritus rehusarán ser esbirros de ignorantes y parlanchines, como inversamente los representantes de la mayoría, esto es, de la estupidez, odiarán a las cabezas que destaquen.

◘ Véase la preocupación de uno de esos salteadores políticos en obtener a ruegos el asentimiento de la mayoría para, en cualquier momento, poder alienar la responsabilidad. Pues ésta una de las principales razones por las que esa especie de actividad política es despreciable y odiosa a todo hombre de sentimientos decentes y, por tanto, también de valor, al tiempo que atrae a todos los caracteres miserables – aquellos que no quieren asumir la responsabilidad de sus acciones, sino que antes procuran huir, no pasando de cobardes villanos. Las consecuencias se dejarán sentir tan pronto como tales mediocres formen el gobierno de una Nación. Faltará entereza para obrar y se preferirá aceptar las más vergonzosas humillaciones antes de erguirse para adoptar una actitud resuelta, pues nadie habrá allí que por sí solo esté personalmente dispuesto a arriesgarlo todo en pro de la ejecución de una medida radical.
Existe una verdad que no debe ni puede olvidarse: es la de que tampoco en este caso una mayoría estará capacitada para sustituir a la personalidad en el gobierno. La mayoría no sólo representa siempre la estupidez, sino también la cobardía. Y del mismo modo que de cien cabezas huecas no se hace un sabio, de cien cabezas no surge nunca una decisión heroica.

◘ Aquello que de ordinario denominamos “opinión pública” se basa sólo mínimamente en la experiencia personal del individuo y en sus conocimientos; depende más bien casi en su totalidad de la idea que el individuo se hace de las cosas a través de la llamada “información pública”, que es persistente y tenaz.

◘ La prensa es el factor responsable de mayor volumen en el proceso de la “educación” política, a la cual en este caso se le asigna con propiedad el nombre de propaganda; la prensa se encarga ante todo de esta labor de “información pública” y representa así una especie de escuela para adultos, sólo que esa “instrucción” no está en manos del Estado, sino bajo las garras de elementos que en parte son de muy baja ralea. Precisamente en Viena tuve en mi juventud la mejor oportunidad de conocer a fondo a los propietarios y fabricantes espirituales de esa máquina de educación colectiva.
En un principio debí sorprenderme al darme cuenta del tiempo relativamente corto en que este pernicioso poder era capaz de crear un determinado ambiente de opinión, y esto incluso tratándose de casos de una mixtificación completa de las aspiraciones y tendencias que, a no dudar, existían en el sentir de la comunidad. En el transcurso de pocos días, esa prensa sabía hacer de un motivo insignificante una cuestión de Estado notable e, inversamente, en igual tiempo, relegar al olvido general problemas vitales o, más simplemente, sustraerlos a la memoria de las masas.
De este modo era posible en el curso de pocas semanas hacer surgir nombres de la nada y relacionar con ellos increíbles expectativas públicas, adjudicándoles una popularidad que muchas veces un hombre verdaderamente notable no alcanza en toda su vida; y mientras se encumbraban estos nombres que un mes antes apenas si se les había oído pronunciar, calificados estadistas o personalidades de otras actividades de la vida pública dejaban llanamente de existir para sus contemporáneos o se los ultrajaba de tal modo con denuestos, que sus apellidos corrían el peligro de convertirse en un símbolo de villanía o de infamia. Era necesario estudiar ese vergonzoso método judío de, como por encanto, atacar por todos los lados y lanzar barro, bajo la forma de calumnia y difamación, sobre la ropa limpia de hombres honrados, para aquilatar en su justo valor todo el peligro de esos bribones de la prensa.

◘ La característica más notable del parlamentarismo democrático consiste en que se elige un cierto número, digamos 500 hombres (o también mujeres, en los últimos tiempos), y se les concede la atribución de adoptar en cada caso una decisión definitiva. Prácticamente, ellos representan por sí solos el Gobierno, pues, si bien designan a los miembros de un gabinete encargados de los negocios de Estado, ese pretendido gobierno no llena sino una apariencia; en efecto, es incapaz de dar ningún paso sin antes haber obtenido la aquiescencia de la asamblea parlamentaria. Es por esto que tampoco puede ser responsable, ya que la decisión final jamás depende de él mismo, sino del Parlamento. En todo caso, un gabinete semejante no es otra cosa que el ejecutor de la voluntad de la mayoría parlamentaria del momento. Su capacidad política se podría apreciar en realidad únicamente a través de la habilidad que pone en juego para adaptarse a la voluntad de la mayoría o para ganarla en su favor. Así cae de la posición de verdadero gobierno en la de mendigo de la mayoría ocasional. En verdad, su problema más destacado consistirá en obtener el beneplácito de la mayoría existente o en provocar la formación de una nueva que le sea más favorable. En el caso de que lo consiga, podrá continuar “gobernando’ durante algún tiempo más; en caso de no lograrlo, tendrá que dejar el poder. La rectitud de sus intenciones, por sí sola no importa.
La responsabilidad prácticamente deja de existir.
Una consecuencia lógica de este estado de cosas nos conduce a una elemental consideración.
La estructura de ese conjunto formado por los 500 representantes parlamentarios, agrupados según sus profesiones o hasta teniendo en cuenta sus aptitudes, ofrece un cuadro a la par incongruente y lastimoso. ¿O es que cabe admitir la hipótesis de que estos elegidos de la Nación pueden ser al mismo tiempo brotes privilegiados de la genialidad o siquiera del sentido común? Ojalá no se suponga que de las papeletas de sufragio, emitidas por electores que todo pueden ser menos inteligentes, surjan simultáneamente centenares de hombres de Estado. Nunca será suficientemente rebatida la absurda creencia de que del sufragio universal pueden salir genios; primeramente hay que considerar que para una Nación no en todos los tiempos nace un verdadero estadista, y menos aún de golpe un centenar; por otra parte, es instintiva la antipatía que siente la masa por el genio eminente. Más probable es que un camello se deslice por el ojo de una aguja que un gran hombre resulte “descubierto” por virtud de una elección popular. Todo lo que de veras sobresale de lo común en la historia de los pueblos suele generalmente revelarse por sí mismo.
Quinientos hombres, además, que no sobrepasan la medianía, deciden sobre los asuntos más importantes de la Nación, estableciendo gobiernos que en cada caso y en cada cuestión tienen que procurar el asentimiento de la erudita asamblea. Así es que, en realidad, la política se hace por los quinientos.
Dejando a un lado la cuestión de la genialidad de los representantes del pueblo, considérese simplemente el carácter complejo de los problemas pendientes de solución, aparte de los ramos diferentes de actividad en que deben adoptarse decisiones, y se comprenderá entonces la incapacidad de un sistema de gobierno que pone la facultad de la decisión final en manos de una asamblea, entre cuyos componentes sólo muy pocos poseen los conocimientos y la experiencia requeridos en los asuntos a tratar. Pues así como las más importantes medidas en materia económica resultan sometidas a un foro cuyos miembros, en sus nueve décimas partes, carecen de la preparación necesaria.
Lo mismo ocurre con otros problemas, dejando siempre la decisión en manos de una mayoría compuesta de ignorantes e incapaces, pues la organización de esa institución permanece inalterada, al paso que los problemas que en ella son tratados se extienden a todos los ámbitos de la vida pública. Es completamente imposible que los mismos hombres que tratan de asuntos de transportes se ocupen, por ejemplo, de una cuestión de alta política exterior. Sería preciso que todos fuesen genios universales, los que tan sólo de siglo en siglo aparecen. Infelizmente, se trata no de verdaderas “cabezas” pero sí de diletantes, tan vulgares que incluso están convencidos de su valor. De ahí proviene también la ligereza con que frecuentemente estos señores deliberan y resuelven cuestiones que serían motivo de honda reflexión aun para los más esclarecidos talentos. Allí se adoptan medidas de enorme trascendencia para el futuro de un Estado como si no se tratase de los destinos de toda una nacionalidad, sino solamente de una partida de naipes, que es lo que resultaría más propio de tales políticos.
Sería naturalmente injusto creer que todo diputado de un parlamento semejante se halle dotado de tan escasa noción de responsabilidad. No. De ningún modo. Pero, el caso es que tal sistema, forzando al individuo a ocuparse de cuestiones que no conoce, lo corrompe paulatinamente. Nadie tiene allí el valor de decir: “Señores, creo que no entendemos nada de este asunto; yo al menos no tengo ni idea”. Esta actitud tampoco modificaría nada porque, aparte de que una prueba tal de sinceridad quedaría totalmente incomprendida, no por un tonto honrado se resignarían los demás a sacrificar su juego. Quien, además, conoce a los hombres, comprende que en una sociedad tan ilustre nadie quiere ser el más tonto y, en ciertos círculos, honestidad es siempre sinónimo de estupidez.
Así es como el representante aún sincero es obligado forzosamente al camino de la mentira y de la falsedad. Justamente la convicción de que la reacción individual poco o nada modificaría, mata cualquier impulso sincero que por ventura surja en uno u otro. A fin de cuentas, se convencerá de que, personalmente, lejos está de ser el primero entre los otros y que con su colaboración tal vez impida males mayores.
Es cierto que se formulará la objeción de que el diputado personalmente podrá no conocer este o aquel asunto, pero que su actitud será dirigida por la fracción a la que pertenezca; ésta tendrá sus comisiones especiales, que serán suficientemente esclarecidas por los expertos. A primera vista esto parece ser verdad; sin embargo, surge la pregunta: ¿por qué se eligen quinientos cuando sólo algunos poseen la sabiduría suficiente para tomar posición en las cuestiones más importantes?
Ahí es donde está el quid de la cuestión.
El parlamentarismo democrático de hoy no tiende a constituir una asamblea de sabios, sino a reclutar más bien una multitud de nulidades intelectuales, tanto más fáciles de manejar cuanto mayor sea la limitación mental de cada uno de ellos. Sólo así puede hacerse política partidista en el sentido malo de la expresión, y sólo así también consiguen los verdaderos agitadores permanecer cautelosamente en la retaguardia, sin que jamás pueda exigirse de ellos una responsabilidad personal. Ninguna medida, por perniciosa que fuese para el país, pesará entonces sobre la conducta de un bribón conocido por todos, sino sobre la de toda una fracción parlamentaria.
Prácticamente, pues, no hay responsabilidad, porque la responsabilidad sólo puede recaer sobre una individualidad única y no sobre el gallinero de parlanchines que son las asambleas parlamentarias.
He aquí por qué esta forma de democracia llegó a convertirse también en el instrumento de aquella raza cuyos íntimos propósitos, ahora y siempre, temerán mostrarse a la luz del día. Sólo el judío puede ensalzar una institución que es sucia y falaz como él mismo.

◘ La autoridad del Estado no puede ser un fin en sí misma, porque ello significaría consagrar la inviolabilidad de toda tiranía en el mundo. Si por los medios que están al alcance de un gobierno se precipita una nacionalidad en la ruina, entonces la rebelión no es sólo un derecho, sino un deber para cada uno de los hijos de ese pueblo. La pregunta: “¿cuándo se presenta este caso?”, no se resuelve mediante disertaciones teóricas, sino por la acción y por el éxito.
Como todo gobierno, por malo que sea y aun cuando haya traicionado una y mil veces los intereses de una nacionalidad, reclama para sí el deber que tiene de mantener la autoridad del Estado, el instinto de conservación nacional en lucha contra un gobierno semejante tendrá que servirse, para lograr su libertad o su independencia, de las mismas armas que aquél emplea para mantenerse en al mando. Según esto, la lucha será sostenida por medios “legales” mientras el poder que se combate no utilice otros; pero no habrá que vacilar ante el recurso de medios ilegales si es que el opresor mismo se sirve de ellos. En general, no debe olvidarse que la finalidad suprema de la razón de ser de los hombres no reside en el mantenimiento de un Estado o de un gobierno: su misión es conservar su Raza. Y si esta misma se hallase en peligro de ser oprimida o hasta eliminada, la cuestión de la legalidad pasa a un plano secundario. Entonces poco importará ya que el poder imperante aplique en su acción los mil veces llamados medios “legales”; el instinto de conservación de los oprimidos podrá siempre justificar en grado superlativo el empleo de todo recurso.

◘ Como los hombres crean las leyes, piensan que ellas están sobre los derechos del hombre.

◘ (…) Todo intento de levantar la Nación será rechazado, en tanto implique la extinción de un régimen, incluso malo, en tanto que sea una infracción al “principio de autoridad”. El “principio de autoridad” no es, además, un medio para lograr un fin, sino por el contrario, ante los ojos de estos fanáticos de la objetividad, representa el fin mismo, lo que es más que suficiente para explicar la triste existencia de ese principio. Así es que, por ejemplo, toda tentativa hacia una dictadura sería acogida con indignación, incluso si su propulsor fuese un Federico el Grande y si los representantes políticos de una mayoría parlamentaria momentánea no pasasen de ancianos incapaces o de individuos mediocres. La ley de la democracia parece más sagrada para uno de esos doctrinarios que el bien de la Nación. Protegerá, por tanto, la peor tiranía que aniquila a su pueblo, con tal de que “el principio de autoridad” esté incorporado a ella, al mismo tiempo que rechazará incluso el más benéfico de los gobiernos desde el momento en que no corresponde a su concepción de democracia. De la misma manera, nuestro pacifista alemán guardará silencio ante el más sangriento atentado contra el pueblo, incluso si tiene su origen en las más violentas fuerzas militares; guardará silencio, porque la alteración de ese destino sólo sería posible por medio de una resistencia, es decir, de una violencia, y eso contrariaría su espíritu pacifista. El socialista alemán internacional puede así ser explotado solidariamente por el resto del mundo; él retribuye con fraternal simpatía y no piensa en reparaciones o protestas. Porque él es un alemán “objetivo”.

◘ “Si te consideras llamado por el Destino para proclamar la verdad, hazlo; ten, sin embargo, también el valor de no querer hacer eso por el atajo de un partido político, pues constituye un error; pero coloca, en lugar del mal de ahora, lo que te parece mejor para el futuro.
Si por ventura te falta valor, o si no conoces bien lo que en ti hay de bueno, no te metas; en todo caso, no intentes, por mediación de un Movimiento político, conseguir astutamente aquello que no tienes el coraje de hacer con la cabeza en alto.”

◘ Si uno se preguntase cuáles son en realidad las fuerzas que crean o que, por lo menos, sostienen a un Estado, podríase, resumiendo, formular el siguiente concepto: Espíritu y voluntad de sacrificio del individuo en pro de la colectividad. Que estas virtudes nada tienen de común con la economía, surge de la sencilla consideración de que el hombre jamás llega hasta el sacrificio por esta última, es decir, que no se muere por negocios, pero sí por ideales. (…)

◘ No es tarea del teorizante establecer el grado posible de realización de una idea, sino el saber exponerla; es decir, que el teorizante tiene que preocuparse menos del camino a seguir que de la finalidad perseguida. Lo decisivo es, pues, la exactitud de una idea en principio y no la dificultad que ofrezca su realización. Así, cuando el teorizante busca, en lugar de la verdad absoluta, tomar en consideración las llamadas “oportunidad” y “realidad”, dejará éste de ser una estrella polar para transformarse en un recetador cotidiano. El teorizante de un Movimiento ideológico puntualiza la finalidad de éste; el político aspira a realizarla. El primero se subordina en su modo de pensar a la verdad eterna, en tanto que el segundo somete su manera de obrar a la realidad práctica. La grandeza de uno reside en la verdad absoluta y abstracta de su idea, la del otro en el punto de vista cierto en que se coloca con relación a los hechos y al aprovechamiento útil de los mismos, debiendo servir de guía a éste el objetivo del teorizante. En cuanto al éxito de los planes, esto es, la realización de esas acciones, pueden ser consideradas como piedra de toque en la importancia de un político, ya que nunca se podrá realizar la última intención del teorizante sin éste, pues al pensamiento humano le es dado comprender las verdades, adornar ideales claros como el cristal, sin embargo la realización de los mismos es demolida por la imperfección e insuficiencia humanas. Cuanto más abstractamente cierta, y, por tanto, más formidable fuera una idea, tanto más imposible se vuelve su realización, una vez que ésta depende de criaturas humanas. Es por eso que no se debe medir la importancia de los teorizantes por la realización de sus fines, y sí por la verdad de los mismos y por la influencia que ellos tuvieron en el desarrollo de la Humanidad. (…)

◘ La realización de ideas destinadas a tener influencia sobre el futuro es poco lucrativa y sí muy raramente comprendida por la gran masa, a la que interesan más las reducciones de precio en la cerveza y en la leche que los grandes planes de futuro, de realización tardía y cuyo beneficio, al final, sólo será usufructuado por la posteridad.
Es así como, por una cierta vanidad, la que está siempre asociada a la política, la mayoría de los políticos se apartan de los proyectos realmente difíciles, para no perder la simpatía de la gran masa. El éxito y la importancia de ese político residen exclusivamente en el presente, y son inexistentes para la posteridad. Esos microcéfalos poco se enfadan por eso; ellos se contentan con poco.
Diferentes son las condiciones del teorizante. Su importancia casi siempre está en el futuro, por eso no es raro que se le considere lunático. Si el arte del político era considerado el arte de lo posible, se puede decir del idealista que él pertenece a aquellos que sólo agradan a los dioses cuando exigen o quieren lo imposible. Él tendrá casi siempre que renunciar al reconocimiento del presente; adquiere, por ello, en el caso de que sus ideas sean inmortales, la gloria de la posteridad.
En períodos raros de la historia de la Humanidad puede acontecer que el político y el idealista se reúnan en la misma persona. Cuanto más íntima fuese esa unión, tanto mayores serán las resistencias opuestas a la acción del político. Él no trabaja ya más para las necesidades al alcance del primer burgués, y sí por los ideales que sólo pocos comprenden. Es por eso que su vida es blanco del amor y del odio. La protesta del presente, que no comprende al hombre, lucha con el reconocimiento de la posteridad por la cual él trabaja.
Cuanto mayores fueran las obras de un hombre para el futuro, tanto menos serán éstas comprendidas por el presente; cuanto más dura sea la lucha, tanto más raro el éxito. Si en años nada le sonríe, es posible que en sus últimos días le circunde un tenue halo de gloria venidera. Es cierto que esos grandes hombres son los corredores del maratón de la Historia. La corona de laurel del presente se pone más comúnmente en las sienes del héroe moribundo.

◘ La llamada “intelectualidad” ve con infinito desdén a todo aquel que no pasó por las escuelas oficiales, para dejarse llenar de “sabiduría”. Nunca se pregunta: ¿Qué sabe el individuo?, y sí: ¿Qué estudió? Para esas criaturas “cultas” más vale la cabeza hueca, bien protegida por títulos, que el muchacho más despierto. (…)

◘ Casi es posible considerar como designio favorable para el pueblo alemán el que la época de su estado patológico latente hubiera sido bruscamente sellada con tan terrible catástrofe; pues, en el caso contrario, la Nación habría sucumbido, sin duda lenta, pero, por lo mismo, más fatalmente. La dolencia se hubiese hecho crónica, mientras que la fase aguda, como se presentó al producirse el desastre, se hizo por lo menos claramente visible a los ojos de muchos. No fue por casualidad por lo que el hombre dominó más fácilmente la peste que la tuberculosis. La una viene en olas violentas de muerte, arrasando la Humanidad; la otra, en cambio, se desliza lentamente; una induce al terror, la otra a una creciente indiferencia. Consecuencia lógica fue que el hombre afrontase la primera con todo el máximo de sus energías, en tanto que se empeñó en combatir la tuberculosis valiéndose solamente de medios débiles. Así, el hombre doblegó a la peste, mientras que la tuberculosis lo dominó a él. El fenómeno es el mismo al tratarse de enfermedades que afectan al organismo de un pueblo. Cuando no se presentan bajo la forma catastrófica, toda la gente se acostumbra a ellas paulatinamente para, al final, después de un período más o menos prolongado, ser víctima de las mismas.

◘ En los círculos periodísticos se suele llamar a la prensa el “gran poder”. En efecto, su significación es extraordinaria y jamás podrá ser suficientemente apreciada. La prensa es, pues, el factor que continúa obrando en el proceso educativo del adulto.
En términos generales, tres son los grupos en que se podría dividir el público lector de periódicos:
1º. Los crédulos, que admiten todo lo que leen.
2º. Aquellos que ya no creen nada
3º. Los espíritus críticos, que analizan lo leído y saben juzgar.
Numéricamente, el primer grupo es el más considerable; abarca la gran masa del pueblo y representa, por lo tanto, la clase menos intelectual de la Nación. Aún cuando no debería ser designada por clase, sino por grado de inteligencia. A este grupo pertenecen todos los que no nacieron para tener pensamiento independiente o no fueron educados para eso y que, en parte por incapacidad y en parte por falta de voluntad, creen en todo lo que se les presenta en letras de molde. Pertenece también a este grupo esa especie de haraganes que serían capaces de pensar, pero que por pura negligencia aceptan todo lo ya elaborado por los demás, en la suposición de que ellos ya llegaron a esas conclusiones con mucho esfuerzo. Para toda esta gente, que representa la gran masa del pueblo, la influencia de la prensa es fantástica. Ellos no están en condiciones, por falta de cultura o porque no lo quieren, de examinar las ideas que se les exponen. De esta forma, la manera de enjuiciar los problemas diarios es siempre el resultado de la influencia de las ideas que les viene de fuera. Esta situación puede ser ventajosa cuando las explicaciones que les son dadas parten de una fuente seria y amiga de la verdad, pero constituye una desgracia cuando tiene su origen en mentiras y embustes.
El segundo es mucho más pequeño que el anterior: está compuesto en parte de elementos que en un principio participaban del primer grupo y que después de funestas y amargas decepciones, optaron por cambiar diametralmente de criterio, acabando por no creer en nada de lo que leyesen. Odian a todos los periódicos, no los leen o se irritan contra todo lo que se contiene en ellos, convencidos de que sólo encuentran mentiras y más mentiras. Estas gentes son muy difíciles de tratar, porque hasta ante la verdad misma se mostrarán siempre escépticas, resultando así elementos anulados para todo trabajo positivo.
El tercer grupo, finalmente, es el más pequeño de todos y está constituido por lectores verdaderamente inteligentes, acostumbrados a pensar con independencia por naturaleza y educación. Leen la prensa y trabajan constantemente con la imaginación y animados de espíritu crítico con respecto al autor. Estos lectores gozan del aprecio de los periodistas, bien es cierto, con explicable reserva.
Naturalmente que para los componentes del tercer grupo no entraña peligro alguno ni tienen trascendencia los absurdos que puedan consignarse en las columnas de un periódico. En el transcurso de su vida ellos acostumbran a ver, con fundadas razones, en cada periodista un bribón que, sólo por excepción, dice la verdad. Lamentablemente el valor de esos hombres brillantes descansa en su inteligencia y no en el número, lo que constituye una desgracia en una época en la que la mayoría y no la sabiduría es la que todo lo puede. Hoy, que la cédula electoral de la masa decide situaciones, el centro de gravedad descansa precisamente en el grupo más numeroso, y éste es el primero: un montón de ingenuos y de crédulos.
Una de las tareas primordiales del Estado y de la Nación es evitar que este sector del pueblo caiga bajo la influencia de pésimos educadores, ignorantes o incluso malintencionados. El Estado tiene, por tanto, la obligación de controlar su educación u oponerse al abuso. Ante todo, la prensa debe ser objeto de una estricta vigilancia, porque la influencia que ejerce sobre esas gentes es la más eficaz y penetrante de todas; ya que no obra transitoriamente, sino en forma permanente. En lo sistemático y en la eterna repetición de su prédica estriba el secreto de la enorme importancia que tiene.
Aquí, más que en cualquier otro sector, es deber del Estado no olvidar que su actitud, cualquiera que sea, debe conducir a un único fin y no debe dejarse sugestionar por la cháchara de la llamada “libertad de prensa”, olvidando de esta forma sus deberes, con perjuicio del alimento del que precisa la Nación para la conservación de la salud mental.
Rigurosamente y sin contemplaciones, el Estado tiene que asegurarse de este poderoso medio de educación popular y ponerlo al servicio de la Nación.

◘ ¿No fue la prensa alemana la que hizo a nuestro pueblo interesarse por la “democracia occidental”, hasta convencerlo por medio de frases rimbombantes, que su futuro podía estar confiado a una Confederación? ¿No colaboró la prensa para educar al pueblo en la inmoralidad? ¿No se ridiculizaban la moral y las costumbres, tachándolas de anticuadas, hasta lograr que nuestro pueblo se “modernizara” también?
█ Nota del bloguero: algo parecido pasa hoy en día con la prensa mundial, hace que todos los países se interesen en “modernizarse” a sí mismos, incluso si eso implica destruir su cultura nacional, su moral.

◘ (…) el hombre no debe nunca caer en el error de creer que surgió para ser el señor de la Naturaleza – concepción que el régimen de educación media tanto facilita- sino, por el contrario, debe comprender la verdad fundamental del poder de la Naturaleza y también que su propia existencia es dependiente de las leyes de la eterna lucha natural. Sentiremos entonces que, en un mundo en que planetas y soles están en movimiento giratorio, en el cual la fuerza siempre vence a la debilidad y la somete a la esclavitud o la elimina, no pueden existir otras leyes para los hombres. Podemos intentar comprenderlas pero nunca liberarnos de ellas.

◘ (…) Una granada de treinta centímetros habla más fuerte que mil víboras de la prensa judaica.

◘ Por motivos morales, la primera medida para combatir la sífilis consistiría en facilitar los matrimonios de los jóvenes, en las generaciones futuras. En nuestros matrimonios tardíos está una de las causas de la supervivencia de un mal que es, y será siempre, una vergüenza para la Humanidad, que debe ser considerado como una maldición para criaturas que se juzgan hechas a imagen del Creador.
La prostitución es un oprobio para la Humanidad y no se la puede destruir mediante prédicas morales, o por la sola virtud de sentimientos piadosos. Su limitación y, finalmente, su desaparición suponen, como cuestión previa, acatar una serie de condiciones preliminares, siendo la primera de todas la de facilitar la posibilidad del matrimonio de acuerdo con la naturaleza humana, a una edad conveniente. Nos referimos sobre todo a los hombres, pues en esos asuntos la mujer es siempre pasiva.

◘ Otra de las causas que obstaculizan el matrimonio en edad oportuna radica en nuestro absurdo sistema de la distribución de sueldos, sin considerar debidamente el factor familia y la subsistencia de ésta.
Esto quiere decir, resumiendo lo anterior, que sólo será posible abordar con verdadera eficacia la lucha contra la prostitución el día en que, mediante una fundamental reforma de las condiciones sociales, se haga factible el matrimonio a una edad menor de lo que en la actualidad ocurre. En esto consiste lo esencial de la solución del problema.
En segundo término, incumbe a la educación y a la enseñanza la tarea de desarraigar una serie de defectos que hoy casi no se toman en cuenta. ¡Antes que nada es preciso poner en el mismo plano la educación intelectual propiamente dicha y la educación física! Lo que hoy se conoce con el nombre de Gymnasium es una mofa del modelo griego. Con nuestros procedimientos educacionales, se tiene la impresión de que todos se olvidarán de que un espíritu sano sólo puede existir en un cuerpo sano. Esta verdad es tanto más ponderable en cuanto se aplica a la gran masa del pueblo, haciendo la salvedad de algunas excepciones individuales.

◘ El valor excesivo dado a la cultura intelectual pura y la negligencia con relación a la formación física dan origen, antes de tiempo, a las necesidades sexuales. El joven que se fortalece en el deporte y en los ejercicios gimnásticos está menos sujeto a capitular ante la satisfacción de sus instintos que aquél que vive, sedentariamente, en el gabinete de estudio.

◘ El teatro, el arte, la literatura, el cine, la prensa, los anuncios, los escaparates, deben ser empleados par limpiar la Nación de la podredumbre existente y ponerse al servicio de la moral y de la cultura.
Y, en cualquier caso, el objetivo único debe ser la conservación de la salud del pueblo, tanto desde el punto de vista físico como del intelectual. La libertad individual debe ceder el sitio a la conservación de la Raza.

◘ (…) toda institución nueva, cuanto más miserable y despreciable sea, tanto más se esforzará por lanzar un borrón sobre el pasado. Por el contrario, toda renovación de verdadero significado para la Humanidad, sin preocupaciones subalternas, procurará establecer lazos con las conquistas de las generaciones pasadas, e incluso ponerlas de relieve. Esas renovaciones bien intencionadas nada tienen que temer en una confrontación con el pasado, sino que, por el contrario, sacan una valiosa contribución del tesoro general de la cultura humana. Muchas veces, para su completa apreciación, se desvelan sus promotores en resaltar los esfuerzos de los que les precedieron, para dar a sus iniciativas una comprensión más exacta por parte de los contemporáneos. Quien no tiene nada de valioso que ofrecer al mundo, odiará todo lo que se hizo en el pasado y será siempre propenso a negar todo, a destruirlo todo.

◘ Si cualquier idea nueva, nueva doctrina, nueva concepción del mundo, o cualquier movimiento político o económico intenta negar el conjunto del pasado, o lo considera sin valor, la novedad, sólo por este motivo, debe ser vista con cautela y desconfianza. En la mayor parte de los casos, la razón para ese odio al pasado es la mediocridad o la mala intención. Un movimiento renovador, verdaderamente saludable, se tendrá siempre que construir sobre bases que le provea el pasado, no necesitando avergonzarse de reconocer las verdades ya existentes. El conjunto de la cultura general, como la del propio individuo, no es más que el resultado de una larga evolución en que cada generación participa con su piedra y la adapta a la construcción ya iniciada. La finalidad y la razón de ser de las revoluciones no consisten en demoler el edificio entero, sino alejar las causas de su ruina, reconstruyendo la parte amenazada de derrumbe.
Solamente así se puede hablar de progreso de la Humanidad. Sin eso, el mundo nunca saldría del caos, pues cada generación, teniendo el derecho de negar el pasado, establecería como condición para su propia tarea la destrucción de lo que hubiese sido hecho por la generación anterior.

◘ (…) La gran masa de un pueblo no se compone de filósofos y es principalmente para las masas para quienes la fe constituye la única base de una ideología moral. (…)

◘ Es bien cierto que, en este problema desagradable con la religión, los más culpables son aquellos que perjudican el sentimiento religioso con la defensa de intereses puramente materiales, provocando conflictos completamente innecesarios con la llamada “Ciencia Exacta”. En ese terreno, la victoria favorecerá siempre a la última, aunque la lucha sea ardua, y la religión se verá así muy disminuida ante los ojos de los que no son capaces de elevarse sobre los postulados de una ciencia en verdad perecedera. (…)

◘ El judaísmo nunca fue una religión, sino un pueblo con características raciales bien definidas. Para progresar tuvo que recurrir bien temprano a un medio para distraer la sospecha que pesaba sobre sus congéneres. ¿Qué medio más conveniente y más inofensivo que la adopción del concepto de “comunidad religiosa”? Pues bien, aquí también todo es prestado o, mejor dicho, robado. La personalidad primitiva del judío, por su misma naturaleza, no puede poseer una organización religiosa, debido a la ausencia completa de un ideal y, por eso mismo, de la creencia en la vida futura. Desde el punto de vista ario, es imposible imaginarse, de cualquier forma, una religión sin la convicción de vida después de la muerte. En verdad, el Talmud tampoco es un libro de preparación para el otro mundo, pero sí para una vida presente dominante y práctica.
La doctrina judaica es, en primer lugar, una guía para aconsejar la conservación de la pureza de la sangre, así como la regulación de las relaciones de los judíos entre sí, y más aún, con los no judíos; esto es, con el resto del mundo. No se trata en absoluto de problemas morales y sí de cuestiones económicas, muy elementales. Existen hoy y ya existieron en todos los tiempos estudios bastante profundos sobre el valor ético de la enseñanza de la doctrina judaica, especie de religión que, a los ojos de los arios, parece, por decir lo menos, escabrosa (tales estudios no han provenido de la iniciativa de los judíos, ya que, de ser así, se habrían adaptado hábilmente al fin propuesto). Del producto de esa educación “religiosa”, el propio judío es su mejor exponente. Su vida sólo se limita a esta tierra.
◘ Cualquiera que posea una idea osada, cuya realización parezca útil a los intereses de su prójimo y desee transformarla en realidad práctica, el primer paso a dar es conquistar adeptos que estén dispuestos a llevar adelante sus designios. Los representantes de las nuevas ideas, sus predicadores, formarán siempre un Partido, hasta que el objetivo sea alcanzado.

VOLUMEN II: EL MOVIMIENTO NACIONALSOCIALISTA

◘ La lucha política, en todos los partidos que se dicen de orientación burguesa, se reduce en verdad a la sola disputa de escaños parlamentarios, en cuanto que las convicciones y los principios se echan por la borda cual lastre; los programas políticos están adaptados, por cierto, a tal estado de cosas. Y por ese patrón es medida su validez. Esos partidos carecen de aquella atracción magnética que arrastra siempre a las masas bajo la dominante impresión de principios poderosos, de su fuerza persuasiva y de la fe incondicional y del coraje fanático para luchar por ellos.

◘ La fe, ayudando al hombre a elevarse sobre el nivel de vida vulgar, contribuye en verdad a la firmeza y seguridad de su existencia. Tómese a la Humanidad contemporánea con su educación apoyada en los principios de la fe y de la religión; en su significación práctica en cuanto a la moral y a las costumbres; elimínesela, sin substituirla por otra motivación de igual valor, y se tendrá una consecuencia catastrófica en los fundamentos de la existencia humana. Y debe tenerse presente que no es sólo el hombre el que vive para servir a los altos ideales, sino que también esos altos ideales presuponen la existencia del hombre. Y así se cierra el círculo.

◘ Toda concepción ideológica, por mil veces justa y útil que fuese para la Humanidad, quedará prácticamente sin valor en la vida de un pueblo, mientras sus principios no se hayan convertido en el escudo de un Movimiento de acción, el cual, a su vez, no pasará de ser un partido, mientras no haya coronado su obra con la victoria de sus ideas y mientras sus dogmas de partido no constituyan las leyes básicas del Estado dentro de la comunidad del pueblo.

◘ Intentando extraer la significación profunda de la palabra “popular” llegamos a la conclusión siguiente:
La concepción política corriente de nuestros días descansa generalmente sobre la errónea creencia de que, si bien se le puede atribuir al Estado energías creadoras y conformadoras de la cultura, el mismo, en cambio, nada tiene de común con premisas raciales, sino que podría ser más bien considerado como un producto de necesidades económicas o, en el mejor de los casos, el resultado natural del impulso de fuerzas políticas. Este criterio, desarrollado lógica y consecuentemente, condice no sólo al desconocimiento de las energías primordiales de la raza, sino también a una deficiente valoración de la personalidad, ya que la negación de la diversidad de razas, en lo tocante a sus aptitudes generadoras de cultura, hace que ese error capital tenga necesariamente que influir también en la apreciación del individuo. Aceptar la hipótesis de la igualdad de razas significaría proclamar la igualdad de los pueblos y, consiguientemente, la de los individuos. Por ello, el marxismo internacional habría sido una noción hace tiempo existente y a la cual le dio el judío Karl Marx la forma de un definido credo político. Sin la previa existencia de ese emponzoñamiento de carácter general, jamás habría sido posible el asombroso éxito político de esa doctrina. Karl Marx fue, entre millones, realmente el único que con visión de profeta descubriera en el fango de una Humanidad paulatinamente envilecida, los gérmenes del veneno social, agrupándolos, cual un genio de la magia negra, en una solución concentrada, para poder destruir así, con mayor celeridad, la vida independiente de las naciones soberanas del orbe. Y todo esto sólo al servicio de su propia raza.

◘ (…) la ideología Nacionalracista afirma el valor de la Humanidad en sus elementos raciales de origen. En principio, considera al Estado sólo como un medio hacia un determinado fin y cuyo objetivo es la conservación racial del hombre. De ninguna manera cree, por tanto, en la igualdad de las razas, sino que, por el contrario, al admitir su diversidad, reconoce también la diferencia cualitativa existente entre ellas. Esta percepción de la verdad le obliga a fomentar la preponderancia del más fuerte y a exigir la supeditación del inferior y del débil, de acuerdo con la voluntad inexorable que domina el Universo. En el fondo, rinde así homenaje al principio aristocrático de la Naturaleza y cree en la evidencia de esa ley, hasta tratándose del último de los seres racionales. La ideología racista distingue valores no sólo entre las razas, sino también entre los individuos. Es el mérito de la personalidad lo que para ella se destaca del conjunto de la masa, obrando, por consiguiente, frente a la labor disociadora del marxismo, como fuerza organizadora. Cree en la necesidad de una idealización de la Humanidad como condición previa para la existencia de ésta. Pero le niega la razón de ser a una idea moral, si es que ella, racialmente, constituye un peligro para la vida de los pueblos de una ética superior, pues, en un mundo bastardizado o mulatizado estaría predestinada a desaparecer para siempre toda noción de lo bello y lo digno del hombre, así como la idea de un futuro mejor para la Humanidad.

◘ (…) la paz del mundo no se mantiene con lágrimas de plañideras pacifistas, sino por la espada victoriosa de un pueblo dominador que pone al mundo al servicio de una elevada cultura.

◘ Es un hecho que cuando una Nación persigue una finalidad común, un determinado contingente de máximas energías se segrega definitivamente del conjunto inerte de la gran masa, y esos elementos de selección llegarán a levantarse a la categoría de dirigentes. Las minorías hacen la historia del mundo, toda vez que ellas encarnan en su entereza el sentir del resto.

◘ El hombre que una vez perdió sus instintos no debe esperar un correctivo de la Naturaleza, hasta que no haya compensado con un conocimiento visible la pérdida de ese instinto. Existe siempre el peligro de que el individuo, completamente ciego, cada vez más destruya las fronteras entre las razas hasta perder completamente las mejores cualidades de la raza superior. Resultará de todo eso una masa informe que los famosos reformadores de nuestros días ven como un ideal. En poco tiempo, desaparecería del mundo el idealismo. Se podría formar con eso un gran rebaño de individuos pasivos, pero nunca de hombres portadores y creadores de cultura. La misión de la Humanidad debería, entonces, ser considerada como terminada.

◘ Un Estado de concepción racista tendrá, en primer lugar, el deber de sacar al matrimonio del plano de una perpetua degradación racial y consagrarlo como la institución destinada a crear seres a imagen del Señor y no monstruos, mitad hombre, mitad mono.
Toda protesta contra esta tesis, fundándose en razones llamadas humanitarias, es acorde con una época en la que, por un lado, se da a cualquier degenerado la posibilidad de multiplicarse, lo cual supone imponer a sus descendientes y a los contemporáneos de éstos indecibles sufrimientos, en tanto que, por el otro, se ofrece en droguerías y hasta en puestos de venta ambulantes, los medios destinados a evitar la concepción en la mujer, aun tratándose de padres completamente sanos.
En el Estado actual de “orden y tranquilidad” es, pues, un crimen ante los ojos de las famosas personalidades nacional-burguesas el tratar de anular la capacidad de procreación de los sifilíticos, tuberculosos, tarados atávicos, defectuosos y cretinos; inversamente, nada tiene para ellos de malo ni afecta a las “buenas costumbres” de esa sociedad constituida de puras apariencias, el hecho de que millones de los más sanos restrinjan prácticamente la natalidad. Si fuese de otra manera, tendrían que quebrarse la cabeza para encontrar medios de proveer la subsistencia y la conservación de los elementos sanos de la Nación, que deberían prestar un gran servicio a las generaciones futuras.
¡Qué infinitamente huérfano de ideas y de nobleza es todo este sistema!
Nadie se inquieta ya por legar a la posteridad lo mejor, sino que, llanamente, se deja que las cosas sigan su curso…
Hasta nuestra Iglesia, que habla siempre del hombre como “creado a imagen y semejanza de Dios”, peca contra ese principio, cuidando simplemente del alma, mientras deja al hombre descender a la posición del degradado proletario. La gente queda llena de vergüenza al ver la actuación de la concepción cristiana, en nuestro propio país, su “impiedad” (exaltación) para con esos individuos raquíticos de espíritu y degradados de cuerpo, mientras procura llevar la bendición de la Iglesia a cafres y hotentotes. Mientras los pueblos europeos son devastados por una lepra moral y física, el errante y piadoso misionero del África Central organiza comunidades de negros, al mismo tiempo que fomenta y justifica en nuestra “elevada cultura” el atraso de los individuos sanos y de los perezosos, incapaces y bastardos.
Sería mucho más noble que ambas iglesias cristianas, en lugar de importunar a los negros con misiones, que éstos no desean ni comprenden, enseñasen a los europeos, con gestos bondadosos, pero con toda seriedad, que es agradable a Dios que los padres no sanos tengan compasión de las pobres criaturas sanas y que eviten traer al mundo hijos que sólo aportan infelicidad para sí y para los demás.
Es deber del Estado Racista reparar los daños ocasionados en este orden. Tiene que comenzar por hacer de la cuestión de la raza el punto central de la vida general; tiene que velar por la conservación de su pureza y tiene también que consagrar al niño como el bien más preciado de su pueblo. Está obligado a cuidar de que sólo los individuos sanos tengan descendencia. Debe inculcar que existe un oprobio único: engendrar estando enfermo o siendo defectuoso, y debe ser considerado un gran honor el impedir que eso acontezca; pero en este caso hay una acción que dignifica: renunciar a la descendencia. Por el contrario, deberá considerarse execrable el privar a la Nación de niños sanos. El Estado tendrá que ser el garante de un futuro milenario, frente al cual nada significan el deseo y el egoísmo individuales. El Estado tiene que poner los más modernos recursos médicos al servicio de esta necesidad. Todo individuo notoriamente enfermo y efectivamente tarado, y, como tal, susceptible de seguir transmitiendo por herencia sus defectos, debe ser declarado inapto para la procreación y sometido a tratamiento esterilizante. Por otro lado, el Estado tiene que velar porque la fecundidad de la mujer sana no sufra restricciones como consecuencia de la pésima administración económica de un régimen de gobierno que ha convertido en una maldición para los padres la dicha de tener una prole numerosa. Se debe liberar a la Nación de esa indolente y criminal indiferencia con que se trata a las familias numerosas y en lugar de eso ver en ellas la mayor felicidad de un pueblo. Las atenciones de la Nación deben ser más en favor de los niños que de los adultos.
Aquél que físico y mentalmente no es sano, no debe ni, puede perpetuar sus males en el cuerpo de su hijo. Enorme es el trabajo educativo, que pesa sobre el Estado Racista en este orden, pero su obra aparecerá un día como un hecho más grandioso que la más gloriosa de las guerras de ésta nuestra época burguesa. El Estado, por medio de la educación, tiene que persuadir al individuo de que estar enfermo y ser físicamente débil no constituye una afrenta, sino simplemente una desgracia digna de compasión; pero que es un crimen y, por consiguiente, una afrenta, transmitir por propio egoísmo esa desgracia a seres inocentes. Por el contrario, es una prueba de gran nobleza de sentimientos, del más admirable espíritu de humanidad, que el enfermo renuncie a tener hijos suyos y consagre su amor y su ternura a algún niño pobre, cuya salud le dé la esperanza de vivir y ser un miembro de valor en una comunidad fuerte. En esa obra de educación el Estado debe coronar sus esfuerzos tratando también el aspecto intelectual. El Estado deberá obrar prescindiendo de la comprensión o incomprensión, de la popularidad o impopularidad que provoque su modo de proceder en este orden.
Sólo una prohibición, durante seis siglos, de procreación de los degenerados físicos y mentales no sólo liberaría a la Humanidad de esa inmensa desgracia sino que produciría una situación de higiene y de salubridad que hoy parece casi imposible. Si se realizara con método un plan de procreación de los más sanos, el resultado sería la constitución de una raza que portará en sí las cualidades primigenias perdidas, evitando de esta forma la degradación física e intelectual del presente.
Sólo después de haber tomado ese derrotero es cuando un pueblo y un gobierno conseguirán mejorar una raza y aumentar su capacidad de procreación, permitiendo después a la colectividad gozar de todas las ventajas de la existencia de una raza sana, lo que constituye la mayor felicidad de una Nación.
Es preciso que el Gobierno no deje al azar a los nuevos elementos incorporados a la Nación, sino, por el contrario, los someta a determinadas reglas. Deben ser organizadas comisiones que tengan a su cargo dar instrucciones a esos individuos, informes que obedezcan al criterio de pureza racial. Así se formarán colonias cuyos habitantes todos serán portadores de la sangre más pura y, al mismo tiempo, de gran capacidad. Será el más preciado tesoro de la Nación. Su progreso debe ser considerado con orgullo por todos, pues en ellos están los gérmenes de un gran desarrollo nacional y de la propia Humanidad.
Apoyada en el Estado, la ideología racista logrará a la postre el advenimiento de una época mejor, en la cual los hombres se preocuparán menos de la selección de perros, caballos y gatos que de levantar el nivel racial del hombre mismo. Una época en la cual los enfermos, reconociendo su desgracia, renuncien silenciosamente, en tanto que los otros, los sanos, den gozosos su tributo a la descendencia.
Que esto es factible, se prueba en un mundo donde cientos de miles se imponen voluntariamente al celibato, sin otro compromiso que el precepto de una religión.
¿No será posible esa renuncia, si en lugar del voto religioso se colocara la advertencia de que se debe poner un dique al envenenamiento de la raza y dar al mundo sólo criaturas sanas, hechas a “la imagen y semejanza del Creador”?
Es cierto que el calamitoso ejército de nuestros burgueses de hoy no entenderá eso. Ellos encogerán los hombros o saldrán siempre con sus eternas evasivas. Dirán: “¡Eso es muy bonito pero irrealizable!”. En su mundo, sí, esto es de hecho imposible, pues no tienen capacidad para ese sacrificio. Ellos sólo tienen una preocupación: su propio “yo”. Su único Dios es el dinero. Pero nosotros no nos dirigimos a esos burgueses y sí a las grandes legiones de los que, por demasiado pobres, no tienen como a un dios el dinero, sino que poseen otras creencias. Sobre todo a la juventud alemana es a la que nos dirigimos. La juventud alemana, o construye un nuevo Estado Nacionalista o será el último testigo de la derrota, del fin del mundo actual.
Cuando una generación adolece de defectos y los reconoce, y hasta los confiesa, para luego conformarse con la cómoda disculpa de que nada se puede remediar, quiere decir que esa generación ha caído ya en la decadencia.

◘ (…) el Estado Racista no limita su misión educadora a la mera tarea de insuflar conocimientos del saber humano. No, su objetivo consiste, en primer término, en formar hombres físicamente sanos. En segundo plano está el desarrollo de las facultades mentales y aquí, a su vez en lugar preferente, la educación del carácter y, sobre todo, el fomento de la fuerza de voluntad y de decisión, habituando al educando a asumir gustoso la responsabilidad de sus actos. Sólo después de todo esto viene la instrucción científica.
El Estado Racista debe partir del punto de vista de que un hombre, si bien de instrucción modesta pero de cuerpo sano y de carácter firme, rebosante de voluntad y de espíritu de acción, vale más para la comunidad del pueblo que un superintelectual enclenque.

◘ (…) No debería transcurrir un solo día sin que el adolescente deje de consagrarse, por lo menos durante una hora por la mañana y durante otra por la tarde, al entrenamiento de su cuerpo mediante deportes y ejercicios gimnásticos. (…)

◘ Justamente en la juventud es donde el vestuario debe estar en función de la finalidad educacional. Un joven que, en el verano, anda de aquí para allá vestido hasta el cuello, sólo por ello dificulta su educación física. El espíritu de honor y -digamos entre nosotros- la vanidad deben ser cultivadas, no la vanidad de poseer trajes bonitos, que no todos pueden comprar, sino la de crearse un cuerpo bien formado, al que muchos pueden acceder.
Eso corresponde, para el futuro, a una cierta finalidad. La muchacha debe conocer a su caballero. Si la belleza física no se ocultase hoy completamente bajo los vestidos de moda idiota, la seducción de centenas de millares de mozas por judíos bastardos, de piernas arqueadas y descoyuntados, no sería posible. Está también en el interés de la Nación que se llegue a la formación de cuerpos perfectos, a fin de crear un nuevo ideal de belleza.

◘ El Gobierno actual, que no tiene ningún interés por la salud del pueblo, abandonó esa misión de la forma más criminal. Permite que la juventud se desmoralice en las calles y en los burdeles, en lugar de dirigirla de forma que en el futuro se transformen en hombres y mujeres de provecho.

◘ Aquél que previamente exige del Destino la garantía del éxito, renuncia desde luego al mérito de una acción heroica, porque ésta estriba precisamente en que el individuo, estando persuadido del peligro fatal, opta por el paso que quizás podrá resultar salvador. Un canceroso, cuya muerte es segura, no precisa del 51% de probabilidades para intentar una operación. Si esta operación le ofrece un medio por ciento de posibilidad de curación, él, siendo hombre valeroso, se arriesgará a la misma. Si no lo hiciera no tiene el derecho de quejarse por su fatal suerte.

◘ (…) el cerebro juvenil no debe ser sobrecargado de conocimientos que, en una proporción de un 95%, no los necesita y, por consiguiente, los olvida.
El programa de las escuelas nacionales y de las escuelas de grado medio, es de lo más anarquizado. En muchos casos, la materia es tan vasta que sólo una parte es conservada y ésta incluso no encuentra utilización en la vida práctica. Por otro lado, nada se aprende que sea de utilidad, en una determinada profesión, para la conquista del pan cotidiano.

◘ El cerebro juvenil queda saturado de impresiones que, en rarísimos casos, consigue asimilar completamente y cuya importancia en los detalles no puede percibir ni comprender. Por eso, en la mayoría de los casos no es lo secundario sino lo esencial lo que los jóvenes olvidan. No es, por ejemplo, comprensible que millones de personas sean obligadas a aprender dos o tres lenguas extranjeras que sólo en proporciones insignificantes pueden utilizar y que, en la mayoría de los casos, olvidan completamente. De cien mil alumnos que aprenden francés, por ejemplo, tal vez apenas dos mil puedan encontrar utilidad para ese conocimiento, mientras los otros no encontrarán ninguna durante toda su vida. En la juventud, dedicaron millares de horas a un asunto sin valor ninguno para la vida futura. Frente a dos mil hombres para los cuales el conocimiento de esa lengua fue de alguna utilidad práctica, hay noventa y ocho mil que fueron inútilmente sometidos al suplicio de aprenderla, con sacrificio completo de su tiempo.
Además de eso, se trata, en este caso, de una lengua de la cual no se puede decir que constituye la escuela para la formación lógica del espíritu, como se da tal vez con la lengua latina. Por eso, sería un objetivo más importante que se estudiase este idioma apenas en sus líneas generales, los fundamentos de su gramática, la pronunciación, la construcción a través de ejemplos típicos, etcétera. Eso bastaría para las necesidades comunes y porque es más fácil de alcanzar y es de mucho más valor que el aprendizaje de las lenguas “vivas” que nunca son completamente dominadas y que son de rápido olvido. Debe evitarse también el peligro de sobrecargar demasiado el cerebro de los jóvenes con materias que quedan sin unión en la memoria y de las que ellos sólo consiguen aprender las que más despiertan su atención, desapareciendo así en los cerebros juveniles la diferencia entre el valor y el desvalor.
El sistema de educación que aquí esbozo en grandes trazos sería suficiente para la gran mayoría de los jóvenes. Los que, más tarde, precisaren de una lengua extranjera, podrán siempre estudiarla exhaustivamente, a su libre elección.
Así se ganaría tiempo necesario para la educación física y para las otras exigencias más importantes, (…)

◘ No se aprende Historia con la sola finalidad de enterarse de lo que una vez fue, sino para encontrar en ella una fuente de enseñanza necesaria al porvenir y a la conservación de la propia nacionalidad.
Ésa es la finalidad; la enseñanza de la Historia es sólo un medio. Y no se diga que la comprensión a fondo de la Historia supone el conocimiento minucioso de fechas, como base para la deducción de las grandes líneas. Esta deducción incumbe a los investigadores científicos. Para estos, el estudio de la Historia debe consistir, en primer lugar, en proporcionarse las nociones necesarias para que se pueda tomar posición frente a los acontecimientos políticos de la Nación. En cambio, quien desee ser profesor, que profundice después en esos estudios. Éste sí que tendrá que ocuparse de todos los detalles, incluso de los más insignificantes.

◘ La educación de la juventud tiene, como el más elevado objetivo, dar al joven la instrucción que en el futuro, precisará para sus progresos en la vida. Esa orientación puede expresarse en la siguiente fórmula: “El joven debe llegar a ser una unidad útil en la sociedad humana”. Por eso no se debe juzgar, sin embargo, su capacidad sólo para ganar el pan.

◘ También la ciencia tiene que servir al Estado Racista como un medio hacia el fomento del orgullo nacional. Se debe enseñar desde este punto de vista no sólo la Historia Universal, sino toda la Historia de la cultura humana. No bastará que un inventor aparezca grande únicamente como inventor, sino que debe aparecer todavía más grande como hijo de la Nación. La admiración que inspira todo hecho magno, debe transformarse en el orgullo de saber que el promotor del mismo es un compatriota. Del innumerable conjunto de los grandes nombres que llenan la Historia alemana, se impone seleccionar los más eminentes para imprimirlos en la mente de la juventud, de tal modo que esos nombres se conviertan en columnas inconmovibles del sentimiento nacional.

◘ Puede uno sentirse orgulloso de su pueblo sólo cuando ya no tenga que avergonzarse de ninguna de las clases sociales que forman ese pueblo. Pero cuando una mitad de él vive en condiciones miserables e incluso depravadas, el cuadro es tan triste que no hay razón para sentir orgullo. Sólo cuando una Nación es material y moralmente sana, en todas sus partes constitutivas, puede la satisfacción de pertenecer a ella que experimenta un patriota, exaltarle con derecho a la categoría del elevado sentimiento que denominamos orgullo nacional. Mas, este noble orgullo puede sentirlo únicamente aquél que es consciente de la grandeza de todo su pueblo.
Esta alianza íntima entre el nacionalismo y el espíritu de justicia social debe ser implantada ya en los corazones juveniles. Así se formará, para el futuro, un Estado compuesto de ciudadanos unidos entre sí, fortalecidos en conjunto por un amor y un orgullo común a todos y que se hará inamovible e invencible para siempre.

◘ (…) Por lo general, es sólo a los hijos de familias de alta situación económica y social a quienes, desde luego, se les conceptúa dignos de recibir una instrucción superior. El talento juega aquí un papel secundario. Propiamente, el talento se puede apreciar sólo de modo relativo. Es posible, por ejemplo, que un muchacho campesino, aunque de instrucción inferior con respecto al hijo de una familia que ocupa desde generaciones atrás un rango elevado, posea más talento que éste. El hecho de que el niño burgués revela mayores conocimientos, nada tiene que ver en el fondo con el talento mismo, sino que eso radica en el cúmulo notoriamente más grande de impresiones que este niño recibe ininterrumpidamente, como resultado de su múltiple educación y del cómodo ambiente de vida que le rodea. Si el campesino de talento, desde los primeros años, hubiese crecido en el mismo medio, su capacidad de asimilación sería otra. En la actualidad, existe quizá un solo campo de actividad donde realmente influye menos el origen social que el talento innato: el Arte. Como aquí no se trata solamente de aprender, sino que todo proviene de las cualidades innatas que sólo precisan ser desarrolladas posteriormente, la cuestión del dinero y de la posición de los padres no se toma en consideración, lo que evidencia manifiestamente que el genio no es atributo de las esferas superiores ni de la fortuna. No es raro que los más grandes artistas procedan de las más pobres familias. Muchos pequeños campesinos se hacen, más tarde, celebrados maestros.

◘ Sin duda se puede acostumbrar a los hombres a unas ciertas habilidades automáticas, así como es posible, por un buen adiestramiento, conducir a los perros a realizar trabajos casi increíbles. En un caso como en otro, no es, sin embargo, la inteligencia del individuo lo que le lleva a la práctica de sus habilidades.
Se puede, en cualquier hipótesis, conseguir que un talento inferior adquiera habilidades científicas, pero el resultado se caracteriza siempre por la falta de vida, de alma, tal como sucede con los animales. Si bien, a base de un cierto entrenamiento mental, es posible infiltrar en el cerebro de un hombre de tipo corriente conocimientos superiores a los de su medio, en cambio todo esto no será más que ciencia muerta y, por tanto, estéril. Este hombre resultará una enciclopedia viviente, pero será un perfecto inútil en todas las situaciones difíciles y momentos decisivos de la vida. A cada nueva exigencia que se le presente el tendrá que aprender de nuevo. Ese individuo es incapaz de contribuir con algo nuevo a un mayor desarrollo de la Humanidad. Esa ciencia mecánica sirve admirablemente para ser aceptada por los burócratas de hoy. Es perfectamente comprensible que en todas las clases sociales de una Nación se encontrarán talentos y que el mérito del saber será tanto mayor cuanto más pueda ser vivificado por esas naturalezas de élite. El resto es conocimiento muerto.
Sólo allí donde se aúnan la capacidad y el saber pueden surgir obras de impulso creador.

◘ De vez en cuando, los periódicos ilustrados comunican a sus lectores burgueses que, por primera vez, aquí o allá, un negro se hizo abogado, profesor, sacerdote, tenor, etcétera. Mientras la burguesía sin espíritu queda admirada por un tan maravilloso adiestramiento y llena de respeto por ese fabuloso resultado del actual arte de educar, el judío avispado comprende que de eso será posible sacar una prueba más de la exactitud de la teoría que pretende inculcar en el público, según la cual todos los hombres son iguales.
No se da cuenta ese desmoralizado mundo burgués que se trata de un ultraje a nuestra razón, pues es una criminal idiotez adiestrar, durante mucho tiempo, a un medio-mono hasta que logre hacerse abogado, mientras millones de personas, pertenecientes a razas más elevadas, deben permanecer en una posición indigna, sin tener en cuenta su capacidad. Es un atentado contra el propio Creador dejar perecer, en el actual pantano proletario, a centenas de miles de personas bien dotadas para adiestrar a hotentotes y cafres.

◘ La facultad inventiva no depende pues de la simple acumulación de conocimientos, sino de la inspiración del talento. (…)

◘ Se dice, (…) que el hijo de un alto funcionario público no debe ser obrero, porque aquél es superior y vale más que el hijo cuyos padres fueron obreros. Eso está de acuerdo con la idea que hoy se tiene del trabajo manual. En cuanto al concepto de trabajo, el Estado Racista tendrá que formar un criterio absolutamente diferente del que hoy existe. Valiéndose, si es necesario, de un proceso educativo que dure siglos, dará al traste con la injusticia que significa menospreciar el trabajo del obrero. Como cuestión de principio, tendrá que juzgar al individuo no conforme al género de su ocupación, sino de acuerdo con la forma y la bondad del trabajo realizado.
Esto parecerá monstruoso en una época en que el amanuense más estúpido, por el solo hecho de que trabaja con la pluma, está por encima del más hábil mecánico-técnico. Esta errónea apreciación no estriba, como ya se ha dicho, en la naturaleza de las cosas, sino que es el producto de una educación artificial, que no existió ancestralmente.
La actual situación antinatural se funda pues en los morbosos síntomas generales, que caracterizan el materialismo de nuestros tiempos.
En principio, todo trabajo tiene un doble valor: el puramente material y el ideal. El primero consiste en la significación material de un trabajo hecho al servicio de la comunidad. Cuanto mayor sea el número de ciudadanos que se benefician -directa o indirectamente- con un determinado trabajo, tanto mayor es el valor material. Eso se verifica también en cuanto a la valoración del trabajo individual; es decir, en cuanto al salario. El valor del trabajo puramente material está en función del ideal. El valor ideal, en cambio, no depende de la importancia del trabajo hecho, materialmente aquilatado, sino de su necesidad en sí. La comunidad tiene que reconocer, en su sentido ideológico, la igualdad de todos, desde el momento en que cada uno, dentro de su radio de acción – sea cual fuere- se esfuerza por hacer lo mejor que puede.

◘ La sociedad de hoy, sin embargo, está promoviendo su propia ruina.
Introduce el sufragio universal, parlotea sobre igualdad de derechos, no encontrando, sin embargo, fundamentos para esa doctrina. Ve en la recompensa material la expresión del valor del individuo, demoliendo así las bases de la más noble igualdad que puede existir. La igualdad no consiste y no puede consistir en las realizaciones humanas en sí mismas; sólo es posible en la forma en la que cada hombre cumple con sus obligaciones. Sólo así se puede, en el juicio de valor del individuo, poner de lado las diferencias de la Naturaleza, pudiendo entonces cada uno forjar su propia valía.

◘ (…) Sería el más deplorable síntoma de decadencia de una época si el estímulo para las más altas realizaciones espirituales dependiese sólo de un salario elevado. Si ese punto de vista hubiera sido hasta hoy el único, entonces la Humanidad no habría alcanzado nunca sus grandes realizaciones en el dominio de la ciencia y de la cultura. Los mayores inventos, los más grandes descubrimientos, los trabajos que más revolucionaron la ciencia, los espléndidos monumentos de la cultura humana, no surgieron de la abundancia del dinero. Por el contrario, su origen coincide, no raramente, con la renuncia a los bienes terrenales.

◘ Tampoco nosotros somos tan ingenuos como para creer que se podría llegar a crear una época exenta de errores y de males. Pero esta consideración no anula el imperativo que se tiene de combatir errores reconocidos como tales, corregir defectos y aspirar a la consecución de “lo ideal”. La dura realidad se encargará por sí sola de imponernos múltiples limitaciones. Justamente por eso el hombre debe empeñarse en servir al fin supremo sin dejarse arredrar en su propósito por ningún fracaso, del mismo modo como no se puede renunciar a los Tribunales de Justicia porque éstos cometan equivocaciones, ni menos oponerse a los medicamentos porque, pese a ellos, siguen existiendo enfermedades.

◘ El marxismo representa el eficaz instrumento de la aspiración judía con su tendencia de anular la significación preponderante de la personalidad, para substituirla por el número de la masa.

◘ En su organización, el Estado, desde los puestos más modestos hasta los más elevados de la colectividad, debe basarse en el principio de la personalidad. Deben desaparecer las decisiones por mayoría y sólo existir la personalidad responsable. La palabra “consejo” adquirirá su antiguo significado. Bien es cierto que junto a cada hombre dirigente hay consejeros que asesoran, pero la decisión definitiva corresponde adoptarla a uno solo.

◘ Los partidos políticos se prestan para compromisos; las concepciones ideológicas jamás. Los partidos políticos cuentan con competidores; las concepciones ideológicas proclaman su infalibilidad.

◘ Mientras que el programa de un partido netamente político no es más que una receta para el buen resultado de las próximas elecciones, el Programa de una concepción ideológica representa la fórmula de una declaración de guerra contra el orden establecido, contra el estado de cosas existente; en fin, contra el criterio dominante de la época.
No se requiere que individualmente cada uno de los que luchan por esta ideología esté al corriente y conozca exactamente el pensar íntimo y las reflexiones políticas de los dirigentes del movimiento. Mucho más necesario es que se le esclarezcan ciertos puntos de vista de conjunto y las líneas esenciales capaces de provocar un entusiasmo permanente, de manera que cada uno se compenetre de la necesidad de la victoria del movimiento en el que está empeñado. Es lo mismo que lo que sucede con el soldado en la guerra, que nunca está al corriente de los planes estratégicos generales. Cuanto más educado esté en una rígida disciplina, cuanto mayor sea su fanatismo con respecto al derecho y a la fuerza de su causa, tanto más se entregará en cuerpo y alma a la misma. Así sucede con el adepto a un movimiento de grandes proporciones, de gran futuro y que exige gran fuerza de voluntad.

◘ ¿Cómo es posible inspirar en las personas una fe ciega en la excelencia de una doctrina, cuando constantes modificaciones en el programa de la misma desarrollan la incertidumbre y la duda?

◘ Lo esencial no debe buscarse jamás en la fórmula exterior, sino siempre en el sentido interior; es decir, en el fondo, que es inmutable. En propio interés no se puede sino desear que el Movimiento mantenga la energía necesaria para su lucha, apartando todos los factores que pudieran ocasionar inseguridad y desunión entre los adeptos.
También en esto la Iglesia Católica debe servirnos de ejemplo, ya que a pesar de que su cuerpo doctrinal está en colisión en muchos puntos -y en parte inmotivadamente- con el estudio de las ciencias exactas y la investigación, jamás se resigna a sacrificar ni un ápice del contenido de su doctrina. Con razón supo conocer que su fuerza de resistencia no consiste en adaptarse con más o menos habilidad a los resultados siempre variables de la investigación científica en el transcurso del tiempo, sino en el hecho de un aferramiento inquebrantable a sus dogmas ya expuestos, que son los que le dan al conjunto el carácter de una fe. He aquí por qué la Iglesia Católica se mantiene aún hoy firme.
Quien realmente desee con sinceridad la victoria de una Doctrina Racista, debe reconocer que, para la consecución de un resultado exitoso, es indispensable, primeramente, que el Movimiento se revele capaz para la lucha. Y sólo se mantendrá si tiene como fundamento un Programa inalterable y firme. Ese Programa no debe hacer concesiones a la “opinión pública”, sino mantener la fórmula considerada buena, por lo menos hasta la hora de la victoria. Antes de eso, provocará desánimo cualquier tentativa que tenga por fin modificar la finalidad de uno u otro punto del Programa y traerá como consecuencia la destrucción del espíritu de decisión y de capacidad para la lucha, en la misma proporción en que sus adeptos se inmiscuyan en discusiones internas.

◘ En corto tiempo había aprendido algo muy importante: arrebatarle al enemigo de la mano el arma de su réplica. Pronto se hizo notorio que nuestros adversarios, particularmente sus oradores, aparecían en escena con un “repertorio” determinado y en el cual se repetían siempre los mismos argumentos contra nuestros asertos, de tal modo que la sistemática del procedimiento permitía deducir que se trataba de un definido y homogéneo entrenamiento. Y así era en efecto. Aquí nos fue dado conocer la extraordinaria disciplina de la propaganda puesta en acción por nuestros adversarios, y aún hoy me siento orgulloso de haber encontrado el medio de neutralizar la eficacia de esa propaganda y de anular a sus autores. Dos años más tarde me había hecho maestro en ese arte.
En cada uno de los discursos era esencial orientarse previamente acerca del probable contenido y la forma de las objeciones que podrían ser formuladas en el curso de la discusión, para, según eso, analizarlas minuciosamente en el propio discurso. Convenía desde un comienzo mencionar las posibles impugnaciones del adversario y demostrar su inconsistencia. Así el oyente, a pesar de las numerosas objeciones que le habían sido inspiradas, por la destrucción anticipada de las mismas era fácilmente conquistado para la causa, siempre que fuese un hombre bien intencionado. La lección que le enseñaron de memoria era abandonada y su atención era cada vez más atraída hacia la exposición del orador.
█ Nota del bloguero: se refiere a los marxistas que asistían a las conferencias del Partido Nazi para intentar desacreditarlo.

◘ El orador tiene en el auditorio al cual se dirige un punto permanente de referencia; siempre que sepa leer en la expresión de sus oyentes hasta qué punto éstos son capaces de seguirle y comprender sus ideas, y que sepa ver también si la impresión y el efecto producidos por sus palabras conducen al propósito deseado. El escritor, en cambio, nada sabe de sus lectores. En consecuencia no podrá dirigirse a un determinado público situado al alcance de sus ojos, sino que deberá dar a sus exposiciones un carácter general y difuso. De esta forma pierde, hasta cierto punto, la finura necesaria para comprender la psicología popular y, con el tiempo, la plasticidad indispensable. Es más frecuente que un brillante orador consiga ser un gran escritor que viceversa.
Es preciso anotar aun que las masas humanas son naturalmente prejuiciosas y, por eso, inclinadas a conservar sus antiguos hábitos. Raramente, por impulso propio, procuran leer cualquier cosa que no corresponda a las ideas que ya poseen o que no contengan aquello que esperan encontrar. Un impreso de tendencia determinada será leído en la mayoría de los casos únicamente por gentes que ya se cuentan entre los adeptos de esa corriente. Quizá, por su concisión, puede un volante o un anuncio contar con la posibilidad de atraer pasajeramente la atención de una persona que piensa de modo diferente.
Mejores perspectivas de éxito tiene en este orden la propaganda gráfica en todas sus formas, incluso el film. En este caso, los individuos no son obligados a hacer ningún trabajo mental. Basta mirarlos pequeños textos. Muchos preferirán una representación por imágenes a la lectura de un largo escrito. Un gráfico proporciona en tiempo mucho más corto, a veces casi de golpe, una explicación que por escrito se obtendría sólo después de penosa o dilatada lectura.
Lo más importante es que el escritor nunca sabe a qué medios van a parar sus obras ni quién va a aceptar sus ideas. La actuación del propagandista será, en general, tanto más eficiente cuanto más las ideas propagadas correspondan al nivel intelectual y al modo de ser de los lectores. Un libro que esté destinado a las grandes masas debe, en primer lugar, esforzarse por adoptar un estilo y una elevación completamente diferentes de otro que se dirija a las altas clases intelectuales. Sólo con esa capacidad de adaptación puede la palabra escrita aproximarse, en sus efectos, a la palabra hablada.
Supongamos que el orador trate del mismo asunto explicado en un libro. Si él es un gran orador, no precisa repetir el mismo asunto dos veces de la misma forma. El orador siempre se dejará influenciar por la masa, de modo que instintivamente fluyen de sus labios justamente aquellas palabras que él necesita para tocar el alma de los oyentes. Cuando toma un camino equivocado, tiene la oportunidad de corregirlo. En la fisonomía del auditorio podrá observar, primero, si está siendo comprendido; segundo, si todos los oyentes pueden seguirlo; tercero, si están persuadidos de la justicia de lo que está diciendo.
Si ve que no le comprenden, expresarán sus conceptos en formas tan elementales y claras que hasta el último de sus auditores tendrá que entenderle; si se percata de que no son capaces de seguirle, entonces desarrollará sus ideas tan cuidadosa y lentamente que el más ignorante de entre ellos no quede sin participar; y si, finalmente, nota que sus oyentes no parecen hallarse convencidos de la veracidad de lo expuesto, optará por repetir lo mismo cuántas veces sea necesario, siempre en forma de nuevos ejemplos, refutando las objeciones que, sin serle hechas, él capta en el auditorio y las refuta y desmenuza hasta que, en definitiva, el último sector de oposición revele, a través de su actitud y de la expresión de los que lo forman, haber capitulado ante la poderosa argumentación del orador.
Lo más corriente es que se trate de destruir en las gentes prejuicios que no tienen arraigo en su intelecto, sino que inconscientemente están basados sólo en el instinto. Vencer esta barrera de animadversión instintiva, de odio apasionado y de repulsión preconcebida, es mil veces más difícil que rectificar una opinión científica deficiente o errónea. Las concepciones falsas y la deficiente instrucción son susceptibles de corregirse mediante la enseñanza; en cambio, jamás se rectificarán por el mismo medio las resistencias del sentimiento. Sólo una llamada a esas fuerzas misteriosas es capaz de hacer efecto. Muy difícilmente puede lograr esto el escritor.

◘ (…) Los periódicos raramente se leen cuando no traen bien claro el sello del partido al que pertenecen. (…)

◘ Bastaba ya el color rojo de nuestros emblemas para atraerlos al local de nuestras asambleas. La burguesía corriente se mostraba indignada al pensar que también nosotros nos hubiéramos apropiado del rojo de los bolcheviques, y creía ver en esto algo de doble sentido. Los llamados nacionalistas de Alemania se cuchicheaban los unos a los otros la misma sospecha de que, en el fondo, no éramos sino una especie de marxistas, tal vez marxistas enmascarados, socialistas. La diferencia entre marxismo y socialismo hasta hoy todavía no entró en esas cabezas. Especialmente cuando se descubrió que, en nuestros discursos, teníamos por principio no usar los términos “señoras y señores”, sino “camaradas”. El fantasma marxista surgió claramente ante muchos de nuestros adversarios. ¡Cuántas buenas bromas hicimos a costa de esos burgueses y su intento de descifrar el enigma de nuestro origen, nuestras intenciones y nuestra finalidad!
Habíamos elegido el color rojo después de minuciosa y honda reflexión, buscando con ello provocar a los de izquierda e inducirlos a concurrir a nuestras asambleas, aunque sólo fuese con la intención de atacarnos. De este modo nos daban, por lo menos, la ocasión de hacerles escuchar nuestra palabra.

◘ Puede suceder que durante siglos se desee ardientemente la solución de un determinado problema, sin que, debido a la presión de condiciones difíciles, se llegue a la realización de esos anhelos. Se debe dar el calificativo de impotentes a los pueblos que, en una tal emergencia, no encuentran una solución heroica. La fuerza vital de un pueblo, su derecho a la vida, se manifiesta del modo más impresionante en el momento en que ese pueblo recibe la gracia de un hombre que el destino reservó para la realización de sus aspiraciones; esto es, para la liberación de su cautiverio, para la supresión de esas amargas dificultades.

◘ La formación de una asociación de luchadores políticos servirá para transformar coaliciones débiles en poderosas; una agrupación fuerte, por el contrario, puede a veces debilitarse por causa de aquéllas. Es falsa la suposición de que de la fusión de los grupos pueda resultar un factor de aumento de la energía, pues la mayoría de las asociaciones han sido siempre las representantes de la idiotez y de la cobardía. Es así como todas las corporaciones dirigidas por muchas cabezas están fatalmente abocadas al fracaso. (…)

◘ Jamás debe olvidarse que todo lo realmente grande en este mundo no fue obra de coaliciones, sino el resultado de la acción triunfante de uno solo. El éxito de las asociaciones ya trae en su origen el germen de la corrupción futura. Las grandes revoluciones ideológicas de trascendencia universal son imaginables y factibles únicamente como luchas titánicas de grupos individuales y nunca como empresas de “concertación”.

◘ Los grandes teóricos sólo muy raramente son también grandes organizadores, y esto porque el mérito del teorizante y del programático reside, en primer término, en el conocimiento y definición de leyes exactas de índole abstracta, en tanto que el organizador tendrá que ser ante todo un psicólogo. Debe ver a los hombres como ellos son en realidad. No les debe dar demasiada importancia ni tampoco subestimarles, en oposición a la masa. Debe tener en cuenta su debilidad como sus cualidades instintivas, para, tomando en consideración todos estos factores, organizar una fuerza capaz de sustentar una idea y de garantizar el éxito.
Más raro todavía es el caso de que un gran teorizante sea al mismo tiempo un gran líder. Para ello tiene más capacidad el agitador – y se explica-, aunque esta verdad la oigan con desagrado muchos de los que se consagran con exclusividad a especulaciones científicas. Eso es perfectamente comprensible. Un agitador capaz de difundir una idea en el seno de las masas será siempre un psicólogo, aun cuando él no sea sino un demagogo. En todo caso, el agitador podrá resultar un mejor líder que un teorizante abstraído del mundo y extraño a los hombres. Porque guiar quiere decir saber mover muchedumbres. El don de conformar ideas nada tiene de común con la capacidad propia del líder. Inútil será discutir qué es lo que tiene mayor importancia: ¿concebir ideales y plantear finalidades a la Humanidad, o realizarlos? Como pasa a menudo en la vida, también en este caso lo uno sería perdido sin lo otro. La más bella concepción teórica quedará sin objetivo ni valor práctico alguno, si falta el líder que mueva las masas en aquel sentido. E inversamente, ¿de qué serviría la genialidad del líder y todo su empuje si el teorizante ingenioso no precisase de antemano los fines de la lucha humana? Pero lo más raro en este planeta es hallar encarnados en una misma persona al teórico, al organizador y al líder. Esta conjunción es la que revela al hombre genial.

◘ Cuando un Movimiento tiene como finalidad demoler una situación existente, para reconstruir en su lugar un mundo nuevo, es preciso que sus líderes estén todos de acuerdo sobre los siguientes principios fundamentales: el Movimiento debe dividir el conjunto humano conquistado para la causa en dos grandes grupos: simpatizantes y militantes.
El cometido de la propaganda consiste en reclutar adeptos, en tanto que el de la organización es ganar militantes.
Adepto a una causa es aquél que declara hallarse de acuerdo con los fines a que tiende la misma; militante es el que lucha por ella.
El adepto se alista a un Movimiento por medio de la propaganda.
El militante es conducido por la organización a cooperar personal y activamente para la incorporación de nuevos adeptos, de los cuales entonces se pueden seleccionar nuevos militantes.
Como la calidad del adepto exige solamente el reconocimiento pasivo de una idea, y la cualidad del militante la representación activa y su defensa, entre diez adeptos se encontrarán al máximo uno o dos militantes.
La adhesión radica en el solo reconocimiento de la Idea, mientras que ser miembro supone el coraje de representar personalmente la verdad reconocida como tal y propagarla.

◘ La propaganda trata de imponer una doctrina a todo el pueblo; la organización acepta en sus cuadros únicamente a aquellos que no amenazan transformarse en obstáculo para una mayor divulgación de la Idea.

◘ El primer deber de la propaganda consiste en conquistar adeptos para la futura organización; el primer deber de la organización consiste en seleccionar los adeptos para engrandecer el Movimiento. El segundo deber de la propaganda es la destrucción psicológica del actual estado de cosas y la divulgación de la nueva doctrina; en cuanto que el segundo deber de la organización debe ser la lucha por el poder para conseguir, por ese medio, el éxito definitivo de la doctrina.
El éxito decisivo de una revolución ideológica consiste en lograr siempre que la nueva ideología sea inculcada a todos e impuesta después, por la fuerza si es necesario; en tanto que la organización de la Idea, esto es, el Movimiento mismo, deberá abarcar solamente el número de hombres indispensable para el manejo de los organismos centrales, en el mecanismo del futuro Estado.

◘ El mayor peligro que puede amenazar a un Movimiento es un número exagerado de adeptos adquiridos como consecuencia del triunfo fácil. Todos los cobardes y egoístas huyen de un Movimiento, en cuanto éste se tiene que enfrentar a luchas ásperas, al paso que se incorporan cuando el triunfo es fácil de prever, o se haya realizado.
Ése es el motivo por el que muchos movimientos victoriosos fracasan antes de alcanzar su finalidad, cesan la lucha y finalmente desaparecen. Como consecuencia de la victoria inicial, entran en su organización muchos elementos malos, indignos, sobre todo cobardes, y esos caracteres inferiores consiguen finalmente la preponderancia sobre los luchadores enérgicos y luego desvían el Movimiento en favor de sus propios intereses, degradándolo, sin hacer nada para culminar la victoria del primitivo Ideal. Desaparece el entusiasmo fanático, se anula la fuerza de combate. Es decir, “se ha echado agua al vino”. Se ha destruido el alto vuelo del Movimiento.

◘ El marxismo creó (…) el arma que emplea el judío internacional para destruir la base económica de los Estados nacionales, libres e independientes, y lograr, de este modo, la devastación de sus industrias y de su comercio nacionales, tendiendo a la postre a esclavizar pueblos autónomos para ponerlos al servicio de la finanza judía, que no conoce fronteras entre, los Estados.

◘ Unos saben lo que quieren. Los otros, los acompañan conscientemente, o porque son demasiado cobardes para oponerse firmemente a hechos cuya nocividad comprenden. La mayoría se somete por incomprensión y estupidez.

◘ Cuando un pueblo, como consecuencia de la falta absoluta de instinto de conservación propia, pierde la capacidad de constituirse en aliado eficaz de otro, degenera en una Nación esclava y pasa a la categoría de colonia.

◘ (…) el trabajo que comiences debes continuarlo con ahínco, hasta su culminación. (…)

◘ La guerra que la Italia Fascista sostiene, quizás inconscientemente (aunque yo no lo creo), contra las tres principales armas del judaísmo, es la mejor prueba de la forma en que -si bien sólo por procedimientos indirectos- se ha de romperle los dientes ponzoñosos a esa potencia que se extiende por encima de los Estados: la prohibición de las sociedades masónicas secretas, la persecución puesta en práctica contra la prensa internacionalizada del país, así como la progresiva destrucción del marxismo, frente a la consolidación creciente de la concepción fascista del Estado, harán, en el curso de los años, que el Gobierno italiano pueda consagrarse más y más a los intereses de su propio pueblo, sin dejarse influenciar por el silbido de la hidra judaica universal.
Más difícil se presenta el problema en Inglaterra. En este país de la “democracia liberal” por excelencia, ejerce el judío una dictadura casi absoluta, valiéndose de la “opinión pública”. Pero no por eso es menos evidente la lucha constante que allí se libra entre los representantes de los intereses del Estado británico y los defensores de la dictadura internacional del judaísmo.

◘ Demasiado bien sabe el judío que, gracias a su milenaria capacidad de adaptación y astucia, puede socavar a los pueblos europeos y bastardizarlos; pero comprende, al propio tiempo, que nunca llegaría a someter a la misma suerte a un Estado Nacional asiático de la índole del Japón. Finge ser alemán, inglés, americano, francés, mas, para convertirse en amarillo asiático tendría que salvar un abismo. Y he aquí por qué, sirviéndose del concurso de otros Estados de naturaleza semejante, intenta romper el bastión del Estado Nacional japonés, para así librarse de tan peligroso adversario, lo que es indispensable para la fundación del Imperio judaico mundial. Como antaño contra Alemania, hoy instiga a los pueblos contra el Japón y no será raro que, llegado el momento, mientras la diplomacia británica crea apoyarse todavía en la alianza japonesa, la prensa judía de Inglaterra exija, por su parte, romper lanzas con el aliado y preparar contra éste la guerra de devastación bajo el pretexto de la democracia y con el grito de batalla: “¡Abajo el militarismo y el imperialismo japoneses!”.

◘ (…) Ningún pueblo sobre la Tierra posee ni un solo metro cuadrado de territorio en virtud de una voluntad divina o de un derecho divino. (…)
█ Nota del bloguero: lamentablemente Israel cree que sí.

◘ El hecho de que un pueblo logre apropiarse de una extensión territorial excesiva no significa adquirir un derecho de posesión perpetua. A lo sumo, pone en evidencia la fuerza de los conquistadores y la impotencia de los conquistados. Y sólo en esta fuerza reside el derecho de posesión. El hecho de que el pueblo alemán, hoy en día, se encuentre comprimido en una extensión territorial insignificante, aguardando un futuro deplorable, no es un designio de la Fatalidad, así como tampoco una rebelión contra este estado de cosas representa una acción contra el Destino. Del mismo modo que nuestros antepasados no recibieron como don del Cielo el suelo sobre el que vivimos, sino que lo ganaron con riesgo de sus vidas, así también no será por concesión graciosa que nuestro pueblo obtenga en el futuro el espacio vital, y con él la seguridad de su subsistencia. Será únicamente por obra de una espada victoriosa.

◘ (…) Una alianza cuyo objetivo no comprenda la hipótesis de una guerra, no tiene sentido ni valor. Aunque, en el momento de ser realizado un tratado de alianza, esté muy alejada la idea de la guerra, la posibilidad de una complicación bélica es, no obstante, el verdadero motivo. (…)

◘ Que no se pueda liberar a un pueblo por medio de plegarias, es una cosa generalmente sabida. Lo que tenía que ser históricamente probado era si no sería tal vez posible liberarlo por medio de la inactividad. (..:)

◘ Aquí debo repetir la frase final de mi última declaración, hecha ante los tribunales de Leipzig, en el gran proceso de la primavera de 1924:
“Los jueces de este Estado pueden condenarnos tranquilamente por nuestras acciones; mas, la Historia, que es encarnación de una verdad superior y de un mejor derecho, despreciará un día esta sentencia, para absolvernos de toda culpa”.
Pero esta misma Historia emplazará también ante su Tribunal a aquellos que, imperando hoy en el mundo, pisotean leyes y derechos, precipitando a nuestra Nación a la ruina. En medio de la desgracia de la Patria, colocan sus intereses personales por encima de los de la comunidad.
█ Nota del bloguero: en esos tribunales juzgaban a Hitler por el golpe de Estado que realizó en 1923.

◘ Bien sé yo que llegará el tiempo en que hasta los que estuvieron en contra nuestra recordarán reverentes a los que, como Nacionalsocialistas, entregaron al pueblo alemán el caro tributo de su sangre.

★★★★★★★★★★★★★★★★★★★★★★★★★★★★★★★★★★★

Esta entrada fue originalmente publicada en el blog NSG el 14/07/14 a las 13:28 y alcanzó 90 visitas.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s